¿Tiene Holanda un confinamiento inteligente y los españoles necesitan cumplir normas?

Después de dar un discurso histórico en el que daba a entender que buscaba la “inmunidad de rebaño” para los holandeses, el primer ministro Mark Rutte ofreció una rueda de prensa para responder a las críticas y especificar que ese no es el objetivo último de su estrategia, que no incluye ni decretar el estado de alarma ni el aislamiento total de la población. Ha bautizado la vía elegida como “confinamiento inteligente” y ha confiado a la población y su voluntad la responsabilidad de “acabar con el coronavirus”.

Nadie en España se había cuestionado hasta ahora este término oficial usado por el Gobierno holandés, hasta que el corresponsal de la televisión pública holandesa lo utilizó al preguntar al ministro Salvador Illa si el modelo aplicado por Holanda sería viable en España. La pregunta se ha interpretado como “malintencionada” y un gesto de superioridad moral. Muchos han considerado que denominar “inteligente” al modelo holandés es calificar de todo lo contrario la estrategia aplicada por países como España o Italia.

Imane Rachidi. La Haya

“En materia de ejemplaridad, responsabilidad, civismo y conciencia sobre lo que estamos afrontando, nadie puede dar lecciones a los españoles”, ha contestado Illa a esa pregunta. Pero, ¿qué es el confinamiento inteligente del que están orgullosos los holandeses? ¿Cómo se ha portado la sociedad en Países Bajos estas semanas? ¿funciona realmente este modelo contra el nuevo coronavirus? ¿Qué papel juega la confianza en el Gobierno?

Es complicado comparar la gestión holandesa con la española en cifras oficiales porque ambos países usan criterios diferentes y ninguno de los dos hace las suficientes pruebas a la población como para obtener una imagen real del impacto de la pandemia. Hay estimaciones del número de pruebas que se han hecho en todo el país y algunos datos confirmados.

De los 17 millones de holandeses, unos 41.000 dieron positivos en el covid-19 y al menos 5.168 pacientes murieron por los efectos del nuevo coronavirus. En cuanto al número de pruebas del SARS-CoV-2 que se han llevado a cabo asciende a 235.909 en total, lo que supone 13,77 test por cada 1.000 habitantes. Es importante subrayar que son todas pruebas por laboratorio, porque las autoridades sanitarias holandesas no aprueban los test rápidos por su falta de fiabilidad.

De los casi 47 millones de españoles, hay más de 219.000 casos confirmados de infección y han muerto más de 25.600 por el virus. A 30 de abril, el Gobierno español había sometido a la población a muchas más pruebas que el holandés, con más de 1.351.130 test realizados. En proporción, esto supone 28,9 pruebas por cada 1.000 habitantes, más del doble que Holanda.

Lo prohibido y lo permitido

Las medidas aplicadas por los Países Bajos son mucho más relajadas y menos estrictas que en otros países. Es raro ver a la policía circulando por los barrios o incluso por el centro de la ciudad para exigir el cumplimiento de las medidas contra el coronavirus, por lo que la vigilancia es prácticamente nula. Hasta el 23 de abril, se habían emitido 5.500 multas. Las fronteras siguen generalmente abiertas, aunque se haya prohibido el aterrizaje de vuelos procedentes de los países con mayores casos de contagio (España, Italia, China, Irán y Corea del Sur). Tampoco se exige el uso de mascarillas en la calle y se puede salir a cualquier hora del día a pasear, hacer deporte e incluso llevar a los niños a jugar al parque.

Imane Rachidi. La Haya

Además del “confinamiento inteligente”, el primer ministro holandés utiliza otro término particular para hablar de su gestión de la pandemia: la “sociedad del metro y medio” ('1,5 meter-maatschappij', en neerlandés). Esta es la norma máxima de su estrategia, ahora y durante la “nueva normalidad” posterior a al desescalada, porque, advierte, habrá que mantener durante mucho tiempo las distancias en la calle y la regla de no darse la mano. A cambio, el ciudadano puede ir y venir cuando y de donde quiera. Lo demás es “responsabilidad de todos”, colaboración ciudadana contra la epidemia.

Hay puntos en los que es imposible cumplir a rajatabla esta norma, por eso los eventos multitudinarios quedan prohibidos. No habrá fútbol profesional, festivales, conferencias, ni ferias hasta, al menos, el 1 de septiembre. Los alcaldes incluso piden que se aplace esto hasta principios de octubre para curarse en salud. Se han cerrado restaurantes, lugares de ocio, gimnasios, prostíbulos y museos, y las profesiones que requieran el contacto, en especial las peluquerías y los masajistas. Los dentistas podían seguir abiertos, pero cerraron todos -a excepción de urgencias- por temores al contagio.

Las tiendas, no necesariamente de productos y servicios de primera necesidad, han podido seguir abiertas, y cerrar ha sido por decisión y responsabilidad propia, como han hecho las grandes cadenas, tipo Starbucks o Ikea. El Gobierno holandés ha recomendado a las tiendas abiertas limitar el número de personas que puedan acceder a la vez al local, establecer distancias con el cliente y reforzar la higiene.

La filosofía de la autonomía y madurez social

Los analistas consideran que esta versión de confinamiento se apoya en los principios de buena ciudadanía, responsabilidad individual, madurez social y concienciación sobre la situación. Durante su discurso a la nación, Rutte pidió solidaridad, ayuda mutua y “mantenerse alerta, seguir las instrucciones, incluso si se está en forma y sano, por el bien de aquellos que son más vulnerables”. Pidió no visitar a los abuelos, ni abusar de la confianza del Gobierno. “Eso es extremadamente importante. Seguid usando vuestro sentido común y escuchad lo que dicen los expertos”, instó, en uno de los discursos más vistos de la historia del país.

Rutte rechazó decretar el estado de alarma, anunciar un bloqueo total del país con un cierre de fronteras y el confinamiento de la población, algo que exigía la ultraderecha de Thierry Baudet y Geert Wilders. “A pesar de toda la incertidumbre, una cosa está perfectamente clara: el desafío que enfrentamos es enorme y los 17 millones de holandeses tendremos que trabajar juntos para superarlo. Juntos superaremos este periodo difícil. Cuidad uno del otro. Cuento con vosotros”, subrayó en el primer discurso de un jefe del Gobierno holandés desde la crisis del petróleo en 1973.

Esteban Hernández

Los ciudadanos e incluso la oposición aplaudieron sus palabras, y esto hizo que la mayoría parlamentaria dejara de lado sus críticas al Ejecutivo, llamando a la unidad política contra la pandemia. Ha sido un discurso conciliador, según las encuestas, en el que Rutte trató a la población como “madurez”, pues puso todas las cartas sobre la mesa. Esbozó los tres escenarios o dilemas a los que se enfrenta Países Bajos con esta emergencia sanitaria y eligió el que le parecía el más viable.

Las tres posibilidades que expuso, sin metáforas, fueron: no actuar y dejar que todo el mundo se contagie (lo que provocaría la saturación de los hospitales y la muerte de muchas personas), cerrar el país (lo que puede llevar meses con el país paralizado) y, por último, optar por un término medio, donde se busque la 'inmunidad de rebaño'. Esto es lo que Rutte calificó después de “confinamiento inteligente”, seguir permitiendo que la gente salga a la calle de manera controlada y razonable, apostando por el teletrabajo mientras sea posible y controlando al máximo los picos de contagios para no saturar las UCI.

Al final, resultó que Rutte había sobreestimado la capacidad que tienen los holandeses para autocontrolarse. Aunque la responsabilidad individual sigue siendo el eje de su política de confinamiento, el primer ministro se vio obligado a ordenar el cierre de los colegios y universidades y a advertir en una rueda de prensa más dura que su discurso que, quien no respete las distancias en la calle, se arriesga a una multa de varios cientos de euros porque la “amenaza es muy seria”. Los días de sol habían superado cualquier capacidad de autorregulación y los holandeses se habían echado a las calles, playas y parques en familia y con amigos.

Mark Rutte. (EFE)Mark Rutte. (EFE)Mark Rutte. (EFE)

"No somos robots, sino seres muy sociales. Si no satisfacemos esa necesidad (el contacto social), las personas se deprimen y tienen ansiedad", interpretó el psicólogo holandés Bjarne Timonen. La Base de Datos Nacional de Tráfico en Carretera muestra que hay más coches en las carreteras y mucho movimiento en las calles comerciales, de nuevo, después de varias semanas de calma, de confinamiento. En Rotterdam o Ámsterdam, había un aumento del 30% en el movimiento en las calles a mediados de abril, en comparación con finales de marzo, en plena pandemia.

La gestión de la pandemia se está haciendo de manera descentralizada. Esto significa que el Gobierno central establece unos mínimos, una línea de actuación, algunas fechas orientativas sobre, por ejemplo, la reapertura de colegios, y son las provincias, municipios e incluso pequeñas ciudades, quienes deciden cómo hacerlo con mucha autonomía.

A modo de ejemplo, las playas y los parques siguen abiertos, los ciudadanos pueden ir a darse un paseo ahí, o a hacer surf, pero si se llegan a registrar grandes aglomeraciones de gente, el alcalde de turno tiene la capacidad de cerrar la playa. Las provincias del norte de Países Bajos (Groninga, Frisia y Drente) podrían empezar su desescalada antes que el resto de la nación por la baja tasa de infección que registran. Han aplicado un enfoque regional mucho más estricto que la política nacional.

La confianza en el Gobierno, condición sine qua non

En lo que coinciden todos los analistas es la confianza en el Gobierno ha sido clave para que los holandeses hayan respetado en su mayoría las medidas aplicadas contra el nuevo coronavirus. La popularidad de Mark Rutte no ha hecho más que subir en todas las encuestas que se han hecho desde el estallido de la pandemia, su carácter ha sido tildado de pragmático, directo, claro y de “auténtico líder de un país”, como afirmaron algunos encuestados. “La política es gestión: abordar problemas y resolver problemas. Demasiado lenguaje metafórico es una distracción y crea la impresión de que te ves a ti mismo como importante. Ese no es el estilo de Rutte”, según el analista político Joshua Livestro.

EFE

Al primer ministro holandés, que se prevé que encabece la lista del partido liberal VVD en las elecciones de marzo del próximo año, las encuestas le dan hasta 12 escaños más de los actuales gracias a su gestión de la crisis del coronavirus. La subida ha sido monumental durante la segunda quincena de marzo. Una encuesta realizada por I&O Research mostró que el apoyo al gabinete holandés aumentó del 42% a mediados de marzo al 61% a finales del mismo mes. Alrededor del 75% de la población apoya las medidas económicas tomadas por el Ejecutivo y el 91% respalda lo que Rutte ha llamado un "confinamiento inteligente”.

La mejor noticia para Rutte es que, incluso la mayoría de los votantes de los dos partidos de extrema derecha, apoyan en gran medida al gobierno de coalición. De hecho, estos dos grupos de ultraderecha han reducido su apoyo entre la población holandesa.

Reducción de casos

Al estar todavía en medio de la pandemia, es complicado saber si este enfoque realmente ha evitado tantas muertes como cree el Ejecutivo holandés. De momento, los ingresos hospitalarios, las muertes provocadas por la Covid-19 y los contagios con el nuevo coronavirus están disminuyendo oficialmente, según las cifras confirmadas publicadas por el Instituto de Salud Pública (RIVM), sin olvidar el reducido número de pruebas que se han llevado a cabo y la falta de herramientas de seguimiento de los contagios, como una aplicación.

El objetivo del Gobierno holandés nunca ha sido detener completamente el coronavirus, algo que ha considerado imposible sin una vacuna o un tratamiento médico. La idea siempre ha sido controlar los picos de infecciones para no saturar la sanidad, manteniendo en marcha la economía del país, basada en un sistema muy internacional cuyo cierre sería devastador para el país. En realidad, tampoco queda muy claro cuál es la estrategia oficial. “Si Países Bajos sigue en el camino actual, le costará muchas muertes y provocará muchos daños económicos”, dice el economista sanitario Xander Koolman.

Marlene Riedel*. Berlín

Lo que no parece que ha preocupado mucho es el contagio entre las personas más jóvenes y sanas, una política arriesgada si se tiene en cuenta el gran desconocimiento existente sobre el nuevo coronavirus. Ejemplo de ello es que el 11 de mayo se reabren las escuelas de primaria, educación especial y guarderías porque, según concluyen las autoridades sanitarias, los niños no son una fuente de infección.

No se sabe cómo funciona la inmunidad con la Covid-19, ni está claro si esto protegerá a las personas más vulnerables, lo que pone en duda la efectividad del “confinamiento inteligente” y de que la mejor estrategia contra el virus es no tener estrategia. “Costará vidas que podrían salvarse”, opina el biólogo Carl Bergstrom, en declaraciones a la televisión holandesa NOS, la misma que preguntó a Illa si se podría aplicar este modelo en España. Holanda no sabe si lo ha hecho mejor, o peor que España. Será la Historia quien juzgue el mejor modelo, si alguna vez ha existido.

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