"No se fugue, es positivo de covid-19": mi esperpento con el coronavirus en Tailandia

Sea por numerosas desventuras o simplemente por culpa de mi mala fortuna, en la última década he visitado tantos hospitales en Tailandia que alguno podría imaginar que me dedico a hacer 'reviews' de la sanidad en el país. En un cajón guardo las tarjetas que me acreditan como cliente de muchos de ellos. Desde esos centros públicos de barrio junto a mercados alborotados donde dejas las chanclas a la entrada hasta complejos de lujo con pianos de cola en el vestíbulo y personal trajeado de Armani. El hospital más reciente en conocer a fondo ha sido para mí el Chulalongkorn Memorial, un mastodonte de la seguridad social en el centro de Bangkok que, pese a ser del Estado, es cuando menos bastante prestigioso.

La última vez que lo visité fue el primer lunes de mayo, hace apenas una semana, y cuando se cumplían 40 días desde la noche en que empecé a notar los primeros síntomas del covid-19 en mi cuerpo. Yo pensaba que ya estaba recuperado de la enfermedad. Estaba encerrado en casa porque aún seguía dando positivo en el test PCR, pero tuve que romper la cuarentena porque llevaba más de cinco horas con una fuerte opresión en el corazón y las piernas me flaqueaban. Llamé entre dolores de cabeza al Chula Hospital -como lo llaman los locales- y me dijeron que fuera de inmediato a ver a los médicos.

Zigor Aldama. Shanghái

Ese fue -espero- el último de los golpes que sufrió mi sistema debilitado por el coronavirus. Si bien estuve lejos de un ataque al corazón aquel lunes, sufrí complicaciones cardíacas por haber tomado antiinflamatorios aquella mañana para apagar otro fuego. En situaciones normales, el ibuprofeno no afecta a mis pulsaciones, pero los médicos me dijeron que, al haber combatido al covid-19 con hidroxicloroquina, mi sistema cardíaco estaba más bien para sopitas que para darle trote.

Pese al susto, aquel día fue el último de mi periplo como contagiado por coronavirus en Tailandia, donde oficialmente acaban de superarse los 3.000 contagios desde que empezó la pandemia. Di negativo en la prueba PCR y mis pulmones -dañados por la neumonía que provoca el virus- empezaban a recuperarse. Y a día de hoy aún pienso que tuve mucha suerte de que el contagio me encontrara en un Bangkok, donde la sanidad pública no estaba colapsada.

La sanidad tailandesa tiene muy buena imagen a nivel internacional y son ciertamente famosos sus hospitales de lujo destinados al turismo médico, el lugar favorito de muchos magnates de Oriente Medio para cambios de aceite y revisiones completas.

Fotografía de mi estancia en el hospital (L.G.J)Fotografía de mi estancia en el hospital (L.G.J)Fotografía de mi estancia en el hospital (L.G.J)

Muchos viajeros, erróneamente, piensan que en Tailandia solo existe la sanidad de pago, debido a que los seguros privados dirigen a sus clientes allá. Pero de una u otra forma, los tailandeses -y los extranjeros que trabajen legalmente en el país- pueden disfrutar de unos hospitales gratuitos que tienen sus más y sus menos. Hay más de 900 complejos a cargo del Estado, tres veces el número de centros privados.

Eso sí, no todo es tan bonito como lo pintan las estadísticas. Las vergüenzas que luce el sistema sanitario español también las sufre Tailandia, pero aquí están vitaminadas. Uno puede llegar sangrando a urgencias y que le hagan esperar más de diez horas si se puede parar la hemorragia con una gasa. O quizás tras aguardar todo el día para realizarse una ecografía de próstata programada, finalmente, te avisan al llegar tu turno de que la máquina ecógrafa lleva días estropeada.

Solo había un doctor de guardia y me dijo que si quería ser atendido debía pagarle, además de la factura, cien euros de mordida

Por eso, los tailandeses en ciudades grandes como Bangkok -si pueden permitírselo- siempre optan a pagar por un seguro privado. Los médicos de la pública son los mejores del país, pero para llegar a ellos antes hay que batallar con burocracias y masificaciones. Eso, si no te topas con un desalmado. El pasado diciembre me mordió un perro en Pattaya y llegué a urgencias al City Hospital público durante la hora de la cena en busca de la antirrábica y unos puntos de sutura. Solo había un doctor de guardia y me dijo que si quería ser atendido debía pagarle, además de la factura, cien euros de mordida. Era un tipo adaptado a la modernidad, aceptaba transferencias y corruptelas por código QR.

Ese tipo de incidentes son los que restan mérito a la sanidad pública tailandesa -aquella noche me fugué del Pattaya City Hospital y fui al privado más caro de la ciudad, donde la factura fue de 40 euros-, pero frente al covid19 el gobierno tailandés no se la ha jugado. Solo algunos hospitales públicos pueden encargarse de los contagiados por coronavirus. Por eso de dejarlo en las mejores manos.

Calor, burocracia y tests sospechosos

La noche en que noté los primeros síntomas de covid-19 hablé con un par de médicos españoles, que también son amigos, y me animaron a hacerme la prueba al día siguiente. En aquel momento, Tailandia empezaba a vivir un brote con una treintena de casos diarios, y si fui al hospital público Chulalongkorn era porque ahí se hacían las pruebas. ¿El precio? Unos 150 euros, sin importar si tenías seguridad social o no. Había que pasar por caja sí o sí. Pero era más barato que ir a los centros privados, donde cobraban hasta mil euros por hacer de intermediarios con la sanidad del Estado.

Acceder al test no fue fácil ni siquiera pagando. Llegué al hospital a la mañana a más de 39ºC de fiebre, con un sarpullido bastante feo por todo el cuerpo y también fortísimos dolores musculares. Pero me hicieron volver a casa por no llevar el pasaporte encima, daba igual que entregase mis documentos oficiales tailandeses. “Si hay tráfico, vaya usted en metro que irá más rápido”, me dijo una funcionaria, como si no importara que yo mostrara todos los síntomas de la pandemia que asolaba al mundo. Regresé a casa en coche y cogí el dichoso libreto.

"Si hay tráfico, vaya usted en metro que irá más rápido", me dijo una funcionaria, como si no importara que yo mostrara todos los síntomas

Tras muchísimas horas de papeleos, esperas y pagos, finalmente el doctor que decidía si eras persona de riesgo en el hospital me atendió. Dijo que mis síntomas no eran de covid-19, y me extendió un certificado donde se decía que tenía un resfriado. “Vaya a casa y haga vida normal”, me comentó. Insistí para hacer las pruebas y, finalmente, lo logré. Previo pago, claro.

Al día siguiente me llamaron de madrugada para que fuera al hospital de nuevo, con inesperada insistencia. “No se fugue y venga cuanto antes, es positivo por covid-19 y debemos aislarle”.

Un colapso que nunca ocurrió

Tuve suerte -muchísima- de ser atendido en el hospital Chulalongkorn. Y todos los problemas relacionados con la burocracia se esfumaron cuando me recogieron para llevarme a un ala apartada del complejo sanitario. Los infectados por coronavirus nos alojábamos en un edificio de lujo, con las mejores instalaciones posibles y habitaciones que parecían de hotel de alta categoría.

No se fugue y venga cuanto antes, es positivo por covid-19 y debemos aislarle"

Eso es así porque en algunos hospitales públicos de Tailandia -cuyas salas de espera y habitaciones para los comunes mortales son sin duda poco agraciadas- cuentan con edificios o zonas para personalidades VIP con todos los lujos. Muchas personalidades importantes del ejército y altos cargos públicos acceden a ellas, en un país donde la jerarquía puede ser muy dolorosa si estás en la parte más baja de los estratos sociales o ciertamente dulce para aquellos que viven arriba.

Dichas áreas VIP son las que se destinaron a tratar a los contagiados con coronavirus, por lo que se garantizó la seguridad y una atención de primera. Debido al colapso hospitalario, el mismo día que yo ingresé en el hospital me pusieron a un compañero cuyos síntomas eran similares.

Acabaría por pasar diez días dentro del hospital, con unas fiebres muy altas a la noche de 39,5ºC. Tras una semana, el virus atacó mis pulmones y creó un daño que aún desconozco si se recuperará. Accedí al tratamiento experimental de la hidroxicloroquina y pronto mejoré, aún con los numerosos efectos secundarios que regalaba el fármaco.

Antonio Villarreal

Las cifras de contagio en Tailandia siempre fueron opacas. Cuando me dejaron regresar a casa y se cumplió un mes de aislamiento domiciliario, me llamaron para ir al hospital. Confirmaron que el daño pulmonar no remitía, pero se negaron nuevamente a hacerme la prueba PCR si no pagaba por ella. “Es mejor que haga usted vida normal”, me dijo una médico desconocida. No le hice caso y pagué por ella. Fui positivo otra vez.

Me llamó tras la prueba otro doctor de la zona donde fui atendido -lugar donde todo me inspiraba confianza- y me pidió que me quedara en casa confinado. “Mucha gente no cumple con las cuarentenas y estamos sobrepasados”, me dijo. Un discurso muy diferente al del Gobierno, aunque es innegable que en Tailandia -si bien hay una gran vida de calle y el distanciamento social en algunos sitios de Bangkok es casi nulo- los contagios parecen no sucederse a gran ritmo. Sea por lo que sea, se ha evitado el colapso hospitalario y la pandemia no ha golpeado realmente duro.

¿Tuve suerte de ser atendido por covid-19 en Tailandia en lugar de en España? Creo que sí, pero no porque Tailandia sea un país mejor preparado, simplemente había muchísimos menos casos. Sea por buena concienciación de la gente o por factores como el calor. Y tampoco me cansaré de decir que los médicos de la sanidad tailandesa fueron excelentes conmigo e hicieron un trabajo sobresaliente. Trabajadores, cabe recordarlo, de la sanidad pública tailandesa.

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