Doctores muertos y desfiles suspendidos: el coronavirus hunde la propaganda de Putin

Durante una época, ahora lejana, pareció como si el coronavirus fuese a pasar de largo ante Rusia. El país se había contado entre los primeros en cerrar sus fronteras con China y poner en cuarentena a los viajeros llegados desde los principales focos infecciosos, los servicios parecían preparados ante la pandemia que empezaba a azotar al resto del mundo e, incluso, se construyó un nuevo hospital a toda velocidad a las afueras de Moscú. Mientras los medios estatales rusos lanzaban una intensa campaña de desinformación sobre el covid-19 en el extranjero, dentro de su territorio clamaban que las autoridades lo tenían todo bajo control.

Ya no es así. Al final de la semana pasada, durante cuatro jornadas consecutivas, Rusia batió su récord de infectados en un solo día, sumando 10.600 nuevos casos tan solo el domingo. La cifra total supera ya los 177.000 infectados, lo que le convierte en el séptimo país con más pacientes de coronavirus del mundo y aquel con la segunda tasa de infección más rápida, tan solo por detrás de los Estados Unidos. La semana pasada, el nuevo primer ministro Mijaíl Mishustin dio positivo por covid-19. Y lo que ha quedado de manifiesto en este tiempo es que toda estrategia de propaganda tiene sus límites, y que las narrativas no sirven de nada ante la bofetada de realidad de un virus que no sabe de límites territoriales ni de geopolítica.

Teresa Coratella. Roma

Además, está teniendo lugar un extraño fenómeno: tres doctores, en diversos puntos de la geografía rusa, han caído al vacío desde edificios altos, sin que exista una explicación satisfactoria. Dos de ellos han muerto y uno permanece en estado crítico. Algunos observadores lo han atribuido a las malas condiciones de seguridad y el deficiente mantenimiento de infraestructuras y hospitales, mientras otros creen que pueden ser suicidios derivados del elevado estrés al que está sometido el personal médico estos días (de hecho, podría haber más casos de doctores y enfermeros que se han quitado la vida por otros métodos).

Y no faltan quienes creen que puede tratarse de asesinatos políticos de responsables médicos que se habían destacado por sus críticas a la gestión de la pandemia. "No me sorprendería si los servicios de seguridad estuviesen implicados, mandando un mensaje para que no se haga ruido sobre la crisis", dice Alina Polyakova, presidenta del Centro para el Análisis de Política Europea, en declaraciones a la publicación Vox. Podría incluso tratarse de una mezcla de las tres cosas.

A Putin le entra el miedo

A decir verdad, si a mediados de marzo los funcionarios rusos todavía afirmaban cosas como que no iba a ser necesario ni siquiera cerrar el metro de Moscú, la retórica oficial cambió enseguida, una vez que quedó claro que el coronavirus también tendría un impacto severo en la propia Rusia. Dos semanas después, el presidente Vladimir Putin anunció públicamente que era “objetivamente imposible impedir que [el coronavirus] se expanda” hacia un país del tamaño de Rusia y pidió a los rusos que comprendiesen “la complejidad de la situación”. El tono, de puertas para adentro, ya era otro.

“He estado viendo el informativo del Canal 1, que marca un poco cuál es la versión oficial de allí, y no he visto un discurso muy diferente a la que han dado otros informativos europeos, que están utilizando el léxico bélico para referirse a esta crisis. Algunas de las medidas que se están tomando en Rusia, además, se parecen bastante a las que hemos tomado aquí”, explicaba a finales de marzo el profesor Miguel Vázquez Liñán, coautor del libro “Sistema mediático y propaganda en la Rusia de Putin”, en conversación telefónica. “No obstante, a día de hoy parece que allí están en otro estadio de la crisis y, probablemente, porque esto es complicado de saber, están teniendo un número porcentualmente menor de contagiados que en España”, decía entonces a El Confidencial.

Vladimir Putin. (EFE)Vladimir Putin. (EFE)Vladimir Putin. (EFE)

Por entonces, el portavoz presidencial Dimitri Peskov aún afirmaba que “no hay una epidemia de facto, y de facto nuestra situación es mucho mejor que en muchos países, lo que definitivamente se debe a las medidas que nuestro Gobierno empezó a tomar por anticipado”. Mientras tanto, los medios rusos en todos los idiomas de la UE seguían afirmando que el coronavirus era un arma biológica creada por EEUU o alertaban contra una campaña de vacunación forzosa que implantaría nanochips a toda la población, y Rusia enviaba aviones militares con suministros médicos a Italia y EEUU.

“Por lo que he leído, sí parece que en días previos hubo reticencia a reconocer que el coronavirus estuviese afectando al país, lo que se interpretó oficialmente como un éxito de las medidas que había tomado el Gobierno”, explicaba entonces Vázquez Liñán. “También se dispararon los rumores de que estaban aumentando los diagnósticos de neumonía que en realidad podían ser de covid-19, quizás pensando en maquillar un poco las cifras”, dijo este experto.

La cifra oficial de muertos es de 1.451, lo que le convierte en el país con la menor ratio de fallecidos por número de infectados de entre los diez más afectados del mundo. Algunos especialistas lo achacan a la extensiva campaña de test realizada por las autoridades entre la población. “Cuantas más infecciones descubrimos, más baja proporcionalmente la tasa de mortalidad”, indica el especialista en enfermedades infecciosas Yevgeny Timakov en una entrevista con el medio estatal estadounidense Radio Free Europe/Radio Liberty. La representante de la Organización Mundial de la Salud Melita Vujnovic indica que “desde muy pronto, Rusia empezó a tomar medidas epidemiológicas y sigue haciéndolo. Tampoco ha habido un desbordamiento del sistema sanitario, así que mucha gente ha podido ser tratada”.

EFE

Al mismo tiempo, los escépticos apuntan al sospechoso aumento de los casos de neumonía: en enero, Moscú registró un 37% más casos que en el mismo mes de 2019, cifra que se elevó al 53% en febrero. El 27 de abril, una alta responsable del ayuntamiento de Moscú, Anastasia Rakova, anunció que el número de pacientes hospitalizados por esta razón había crecido un 70% en apenas una semana.

Sea como fuere, lo cierto es que la pandemia ha obligado a cancelar los que probablemente eran los dos eventos clave de este año para el Kremlin. El 17 de marzo, Putin aseguró que el referéndum sobre la reforma constitucional propuesta —que le abre la puerta a permanecer en el poder hasta 2036— todavía tendría lugar el 22 de abril. Una semana después, sin embargo, se vio obligado a posponerlo definitivamente sin fecha. El 30 de marzo, las autoridades impusieron las primeras cuarentenas en Moscú y otras ciudades. Pero ha sido la suspensión del desfile del 9 de mayo, el Día de la Victoria soviética sobre la Alemania nazi, que puede considerarse el evento anual más importante del putinismo, lo que ha supuesto la confirmación definitiva del alcance de la crisis. Los 15.000 soldados que participaron en los ensayos han tenido que ser puestos en cuarentena.

En caída libre

Mientras tanto, el presidente Putin continúa disfrutando de una cobertura benévola, que le presenta como un líder responsable que está haciendo lo posible por gestionar la pandemia de forma calmada y empática con los sufrimientos de los ciudadanos. Es él quien anuncia los paquetes de ayudas y las medidas de estímulo económico, mientras que deja la comunicación de las malas noticias a sus ministros. Al mismo tiempo, el Tribunal Supremo ha declarado ilegal la discusión de “noticias falsas” sobre el coronavirus bajo pena de hasta cinco años de cárcel, una medida que los críticos consideran dirigida a impedir cualquier discurso que cuestione la versión oficial.

“El control de la narrativa del coronavirus está diseñado para asegurar que el presidente Vladimir Putin sigue siendo retratado como el garante de la seguridad, así como para prevenir un pánico masivo que podría llevar a la desestabilización política”, afirma Emily Ferris, investigadora especializada en Rusia y Eurasia en el 'think tank' británico Royal United Services Institute (RUSI). “Las autoridades rusas están haciendo frente a la pandemia de tres maneras: desviando la atención pública de la amenaza, diagnosticando erróneamente las muertes por coronavirus como resultado de otras condiciones respiratorias para ocultar los números de infectados y retrasando las medidas restrictivas de control sobre la vida diaria de los ciudadanos tanto como sea posible”, explica.

Pese a todo, podría no ser suficiente. El descontento crece tanto entre los ciudadanos como entre el personal médico, algunos de cuyos representantes han criticado la deficiente gestión de la pandemia, incluyendo la falta de protección de los trabajadores sanitarios. Estudiantes de medicina denuncian que se les obliga a trabajar en hospitales bajo amenaza de expulsión de las facultades.

Daniel Iriarte

A eso se le suma, en una suerte de tormenta perfecta, la caída de los precios del petróleo, a la que ha contribuido el pulso mantenido entre Rusia y Arabia Saudí. Si uno consulta medios estatales rusos como Sputnik o RT (en español, pero también en otros idiomas), parece que la única industria petrolera que está en apuros es la estadounidense. Sin embargo, pese a que el crudo WTI es el más afectado —que llegó a registrar valores negativos recientemente—, también el Brent ha sufrido mucho. No hay que olvidar que los hidrocarburos suponen más del 60% de las exportaciones de Rusia. El presupuesto estatal ruso necesita que los precios se mantengan por encima de los 45 dólares el barril para mantener las cuentas saneadas y es posible que eso no suceda en bastante tiempo.

¿Se acabó la propaganda?

Por todo ello, a medida que la situación empeora, e igual que ha sucedido en el resto del mundo, la imagen del Kremlin se va viendo más perjudicada. Según la última encuesta del Centro Levada, solo un 46% de los rusos creen que el Gobierno ha respondido de forma adecuada a la crisis creada por el coronavirus, y el porcentaje de aprobación del propio presidente ha caído a un 59% (una cifra que, si bien sigue siendo alta para los estándares occidentales, es la peor desde 2013, justo antes de la anexión de Crimea, lo que indica una erosión acelerada de su popularidad).

Y mientras el ejecutivo ruso se ve forzado a hacer frente a sus problemas internos, va perdiendo interés en su campaña en el extranjero. Así lo confirma uno de los últimos boletines de EUvsDisinfo, elaborado por el East Stratcom Task Force, la unidad del Servicio de Acción Exterior de la UE ocupada de analizar y combatir la desinformación estatal rusa. Según el informe, “entre finales de marzo y principios de abril, cuando Rusia todavía tenía un número de casos relativamente bajo”, el ESTF observó un pico en las narrativas que promovían que las medidas rusas eran más eficientes o que los sistemas autoritarios están mejor capacitados para lidiar con las catástrofes.

“Ya no es posible afirmar eso”, afirma el documento, que detalla un pronunciado descenso en esta tendencia desde mediados de abril. Y concluye: “Parece que este tema está empezando a ser menos cómodo como vehículo para la desinformación pro-Kremlin”.

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