China no es para pardillos: así han timado a los gobiernos con las compras de mascarillas

El pasado 22 de marzo, un tal Ángel se dirigió a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz-Ayuso, a través de Twitter. “Tengo un proveedor de Corea del Sur que puede conseguir test del covid-19 para hospitales, autotests y mascarillas ¿Quieres su contacto?”. Tres minutos después, Ayuso contestó: “Sí. Por [mensaje] privado. Gracias”.

En esos días, las cadenas de suministro global de productos sanitarios para combatir el nuevo coronavirus ya habían saltado por los aires. Tras minimizar la amenaza durante meses, administraciones centrales, regionales y hospitalarias de Europa y Estados Unidos se han lanzado en masa -y sin red- a los mercados asiáticos buscando todo tipo de productos para combatir la pandemia. Una demanda pantagruélica que disparó los precios y secó el suministro.

En nuestro país, la declaración una semana antes del estado de alarma aguzó la escasez por las expectativas de expropiación y control de precios. Importadores y agentes privados paralizaron sus operaciones. Las mascarillas desaparecieron de las farmacias y el magro suministro disponible quedó reservado para el frente clínico. Pero no había suficiente. Mientras Sanidad instruía a los hospitales a trabajar sin protección, las fotos del personal sanitario enfrentando la pandemia enrollado en bolsas de basura se multiplicaban en redes sociales.

Así que el insólito tuit de Ayuso -una alta funcionaria dispuesta a escuchar cualquier oferta por muy sospechosa que sea- retrata de forma literal ese momento de máxima desesperación por lograr vías de abastecimiento que se repitió en varios países azotados por la epidemia. ¿Y dónde fueron a comprar? Obviamente a China, principal exportador mundial de mascarillas quirúrgicas, batas, guantes, desinfectantes y ventiladores. Una experiencia que les haría sufrir en carne propia lo que sabe cualquier empresario con negocios el gigante asiático: que es un mercado extremadamente arriesgado, repleto de arbitrarias trabas burocráticas y minado de timadores en el que es fundamental cultivar las complejas relaciones personales.

Alicia Alamillos

En China siempre es necesario tener unos ‘ojos’ sobre el terreno que controlen todo el proceso, desde comprobar el producto a asegurar la logística. Muchos agentes privados y gobiernos europeos, con las prisas, no han dedicado los recursos y el tiempo necesario para importar de forma segura este tipo de materiales dando lugar a fracasos estrepitosos”, explica Rafael Jiménez, manager regional Asia-Pacífico de la división de productos de consumo Eurofins, una multinacional especializada en servicios de laboratorio y control de calidad.

España, Países Bajos, Bélgica, Reino Unido, Alemania, República Checa, Canadá… las estafas y pedidos fraudulentos de mascarillas, tests y otros materiales se sucedieron durante semanas. El fenómeno ha irritado a varios países occidentales, que consideran intolerable que Pekín permita este caos ante la mayor emergencia del siglo. Pero además, ha puesto en primera plana el lado oscuro de la dependencia crítica que tenemos de la industria china y lo poco que la conocemos

"No estamos necesariamente muy acostumbrados a comprar en China”, reconocía la ministra de Exteriores, Arancha González Laya, en una reciente entrevista con Radio Euskadi. “Es un mercado que es un poquito, bueno, desconocido, entonces hay intermediarios que nos ofrecen gangas y luego pues evidentemente resulta que eso no son gangas”.

Traducción: China no es país para pardillos.

Mascarillas en China. (Reuters)Mascarillas en China. (Reuters)Mascarillas en China. (Reuters)

El Salvaje Oriente

“'Wild Wild West' es una muy buena descripción”, resume Paul O’brien, asesor del Gobierno irlandés en la compra de material médico durante la pandemia. “He visto a gente con bolsas llenas de dinero esperando fuera de los almacenes para ofrecer más, como si fuera una subasta”. Tras recorrer este Salvaje Oeste para proveer al Gobierno irlandés de 1,5 millones de mascarillas, equipos protectores y miles de tests, la conclusión de este veterano experto del mercado chino es que la llegada de agentes cargados con dinero de gobiernos, empresas y hospitales de todo el mundo atrajo a intermediarios poco fiables y oportunistas con poca experiencia en el terreno.

Los políticos entendieron que para conseguir más material había que alejarse de los cauces habituales y echarse al monte. El mercado, repleto de amateurs y timadores, se volvió loco y feroz. Precios que se disparan en horas, pedidos que no se corresponden con las órdenes de compra, cancelación de suministros por contraofertas de último minuto, tentadores suministros de intermediarios desconocidos, fabricantes que imponen condiciones abusivas.

Teníamos un acuerdo para medio millón de batas y, una hora antes de transferir nuestro dinero, lo compró el ministro de Salud alemán

“Los productores están pidiendo el 100% del pago de primeras y, muchas veces, se lo venden al mejor postor”, relata O’brien. Y el mejor postor suelen ser los países con mucho dinero o pocos escrúpulos. “Un amigo vio cómo funcionarios del Gobierno de EEUU entraban a los almacenes donde había ventiladores a la venta. Compraban lotes enteros que ya habían sido pagados y asignados a otros países”, ejemplifica el agente irlandés. Y continúa: “He pasado personalmente varios días tratando de llegar a un acuerdo para comprar medio millón de batas solo para que, una hora antes de transferir nuestro dinero, lo comprara el ministro de Sanidad alemán. Todo se mueve en cuestión de horas y minutos en China”.

En este capitalismo brutal, los productores imponen las condiciones. Las anécdotas de abusos y exigencias han sorprendido hasta a los que mejor se mueven en el complicado y caótico país asiático. Paul Weedman, un asesor en suministro chino, relataba en su LinkedIn cómo el gerente de una de las mayores productoras de mascarillas de Guangzhou ni siquiera se dignó a mostrarle el producto sin pagar primero. “No tengo tiempo para enseñaros la fábrica sin la orden del pedido y el depósito”, les dijo.

Al olor del negocio fácil, muchos empresarios con base en China han decidido tratar de subirse a la ola para saciar la voraz demanda global sin pensarlo dos veces. “A las dificultades que siempre ha tenido el ‘sourcing’ desde China, se añade esta demanda desatada que ha convertido esto en la jungla de hacer dinero”, advierte Jiménez. “Porque sin duda es el momento de hacer dinero”.

Alicia Alamillos

De cubos de plástico a mascarillas quirúrgicas

Este es el caso de Ahmed (nombre ficticio), un empresario de árabe con base en Norteamérica y producción en la provincia china de Guangzhou, quien accede a hablar con El Confidencial bajo condición de anonimato. Hasta hace unos meses, su fábrica se dedicaba principalmente a la fabricación de cubos de plástico que exportaba a Estados Unidos y Canadá. Hoy, fabrica miles de mascarillas y otros elementos de protección sanitaria.

“En apenas dos semanas ya se reportarían beneficios, incluso después del gasto inicial para reconducir las fábricas”, asegura el empresario. Como él, más de 38.000 nuevas compañías se han registrado en este primer tercio de 2020 en China para fabricar o comercializar mascarillas, frente a las 8.594 del año anterior, según datos recabados por el SCMP. Otra muestra de la flexibilidad del tejido industrial chino con la que es difícil competir.

"Desde que estalló la crisis, todo tipo de fabricantes chinos y agentes locales que antes se dedicaban al cableado eléctrico, juguetes o calzado y ahora de repente quieren conseguir la autorizaciones para proveer equipo de protección individual", cuenta Jiménez. “El 90% de las solicitudes que hemos tenido en marzo y abril es para hacer pruebas, inspecciones, certificaciones o revisión documental de material sanitario relacionado con el covid-19: mascarillas, guantes, batas, respiradores, instrumentos de desinfección”, agrega el certificador, quien tiene su base en Hong Kong.

Aquí es importante tener los contactos. La gente que llega nueva no sabe cómo va la cosa y se dejan engañar

Pese a los peligros del mercado chino y a que todos los países han acelerado su producción interna de material contra la epidemia, China sigue siendo el gran bazar de este tipo de suministros. Antes de la crisis, la nación asiática producía cerca de la mitad de las mascarillas de todo el mundo, seguida por Taiwán, con el 20%. Otros posibles mercados, como Corea del Sur, Singapur, Vietnam y Tailandia, mantienen restringidas las exportaciones de estos equipos de protección -como hizo China durante lo más duro del brote continental-.

El negocio está ahora en plena ebullición. En apenas dos meses, China exportó material médico por valor de más de 7.000 millones de euros, según declaraciones de Jin Hai, director las aduanas chinas en declaraciones recogidas por el China Daily. El volumen de ventas casi triplicar las ventas desde unos 130 millones de euros a principios de abril a 320 millones diarios a finales de mes.

Con estas cifras, los empresarios buscan ponerse en el flujo del dinero. El propio Ahmed, a través de un contacto de su mujer -ciudadana china-, está incursionando también como intermediario en el negocio de los test de diagnóstico para el mercado europeo. “Aquí es importante tener los contactos. La gente que llega nueva no sabe cómo va la cosa y se dejan engañar”.

Mural callejero. (Reuters)Mural callejero. (Reuters)Mural callejero. (Reuters)

Occidente, 'lost in translation'

A finales de marzo, España tuvo que devolver 58.000 test rápidos de diagnóstico de un total de 640.000 que había encargado a Bioeasy porque la sensibilidad de los tests -normalmente requerida del 80%- apenas superaba el 30%. “El intermediario [del Gobierno español] había contactado diversos proveedores en China pero decidió comprar a la compañía basada en Shenzhen porque fue el primero en responder”, explicó una fuente al diario estatal chino Global Times sobre el caso.

Poco después, Países Bajos hizo lo propio tras mandar de vuelta 1,3 millones de mascarillas que ya había repartido entre personal médico y enfermería porque pese a que tenían un certificado de calidad, no cumplían con su función. Dos semanas más tarde y a unos pocos kilómetros de allí, el ministro belga Philippe De Backer, al frente del grupo para encontrar mascarillas, se lamentaba en la Cámara federal por haber comprado tres millones de mascarillas FFP2 de una “calidad inaceptable”. “En un primer vistazo, ya vimos que había problemas con ellas”, aseguró el funcionario.

Los sonoros escándalos por este material defectuoso ha avergonzado a Pekín que, alarmada por la posibilidad de que su diplomacia de mascarillas se le volviera en su contra, aumentó las restricciones el 31 de marzo para permitir exportar únicamente a las empresas con licencia doméstica. Pero la semana pasada, después de las presiones de la industria local, las autoridades volvieron a permitir todas las exportaciones que cumplan con los estándares de regulación del país de destino.

Carlos Barragán

¿Y cuáles son estos destinos? Pues la Unión Europea y Estados Unidos, donde ahora es más fácil y rápido obtener permisos de venta que en la propia China, después de que rebajaran los requisitos de entrada como una medida desesperada por facilitar la importación de material sanitario.

“El mayor enemigo para comprar acertadamente en China es un grupo de actores abrumados por la urgencia de la pandemia con ‘cash’ en mano formado por gobiernos, gobiernos locales de países federales, organismos internacionales, multinacionales para sus empleados o chinos revendedores”, explica un profesional con más de 10 de experiencia en el mercado chino. “En ese escenario, ¿con quién crees que va a querer hablar el de la fábrica? ¿Con el profesional avezado que sabe cómo funciona el negocio en China o con el gobierno de un país occidental que tiene mucha prisa?”.

En una reciente comparecencia, un alto funcionario chino entonaba un 'mea culpa' reconociendo que algunos exportadores habían vendido mascarillas “no médicas” como “mascarillas médicas” y que habían detectado operaciones de venta a “un precio no normal”. Para mostrar su compromiso por limpiar el mercado, Pekín ha anunciado la confiscación de casi 90 millones de mascarillas y 418.000 materiales protectores.

Pero el fenómeno persiste y podría llegar a convertirse en un gran problema para China. “En los procesos de revisión documental, encontrarnos certificados falsos todos los días o tan sospechosos que aconsejamos no llevar esos productos a la aduana”, cuenta Jiménez. “Uno de nuestros clientes se llevaba las manos a la cabeza porque no se podía fiar de nadie y al final ha acabado comprando la maquinaria para producir ellos sus mascarillas en su país. Cada vez más empresarios están pensando en producir localmente”.

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