Schengen cumple 25 años inmersa en su peor crisis por el coronavrus

El 14 de junio de 1985, en una pequeña localidad luxemburguesa que se encuentra en el cruce de caminos entre Francia, Luxemburgo y Alemania, cinco de los diez miembros del club comunitario en aquellos momentos, Bélgica, Países Bajos, la República Federal de Alemania, Luxemburgo y Francia, firmaban un acuerdo para abolir las fronteras internas, el llamado “Acuerdo de Schengen”.

Ese acuerdo no se puso en marcha hasta una década después. En concreto fue el 26 de marzo de 1995 cuando las fronteras internas de la Unión desaparecieron de manera efectiva entre un grupo de países. A los firmantes originales se sumaron entonces España y Portugal, y dos años empezarían a eliminar fronteras Italia y Austria. En 1999, con el Tratado de Ámsterdam, Schengen pasó a ser parte del corpus legal de la Unión.

Este jueves, cuando el espacio Schengen cumple un cuarto de siglo, la celebración está completamente eclipsada: la idea de las fronteras de la Unión abiertas está inmersa en la peor crisis de su historia desde que se puso en marcha hace 25 años. Y eso es muy importante para Europa. Se calcula que los europeos cruzan las fronteras internas de la Unión hasta 1.300 millones de veces al año y unos 60 millones de camiones circulan por ellas con bienes por valor de 2,8 billones de euros. Todo eso está ahora en riesgo en un nuevo escenario.

Frontera entre Francia y España. (EFE)Frontera entre Francia y España. (EFE)Frontera entre Francia y España. (EFE)

No es que el espacio Schengen no haya sufrido antes importantes episodios de tensión y estrés, pero la crisis migratoria de 2015, que estuvo a punto de romperlo cuando millones de inmigrantes y refugiados entraron en la Unión Europea a través de la ruta de los Balcanes, parecía ser el punto álgido. Era el peor escenario, el que más a prueba ponía el compromiso de los Estados miembros con la idea de fronteras internas abiertas. Si la zona Schengen se volvía a poner contra las cuerdas sería, de nuevo, por una crisis migratoria. Esa era la idea. Hasta ahora.

El coronavirus ha demostrado ser el verdadero veneno de la libertad de movimiento: consagrar que los europeos puedan moverse sin problemas a través de las fronteras de la Unión, y al mismo tiempo estar sometido a las consecuencias de una pandemia sin una unidad de acción sobre las medidas a tomar para luchar contra el virus, sin coordinación, sin estándares comunes y sin cooperación entre Estados miembros es una ecuación complicada.

Nacho Alarcón. Bruselas

Por eso, cuando el virus comenzó a afectar al Viejo Continente, los países comenzaron a cerrar fronteras y establecer controles. Lo hicieron a pesar de que la Comisión Europea y su presidenta, Ursula von der Leyen, alertaron de que esa medida no era efectiva para luchar contra el Covid-19.

Como si fuera un dominó, los primeros controles fronterizos, por ejemplo entre Austria e Italia o los establecidos por Polonia, empezaron a producirse en muchos otras fronteras europeas. En total la Comisión Europea ha recibido avisos de 14 países europeos que han establecido controles: Alemania, Austria, Dinamarca, Hungría, Lituania, Bélgica, Portugal, Estonia, Finlandia, Polonia, República Checa, España y dos países que no forman parte de la UE, pero sí de Schengen, Noruega y Suiza.

El Gobierno español anunció la reintroducción los controles en las fronteras terrestres solo minutos después de que Von der Leyen hiciera un último intento para frenar el dominó: anunció una propuesta para que la UE prohibiera los viajes no esenciales desde fuera del club comunitario. La medida, que fue aprobada por los líderes europeos, no logró parar la hemorragia.

Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. (EFE)Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. (EFE)Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. (EFE)

Ese cierre de fronteras y el establecimiento de controles fronterizos no solo está dañando la libertad de movimiento, sino que está siendo un torpedo sobre el baluarte de la UE: el mercado interior. Bruselas denuncia colas de 40 kilómetros en algunas fronteras, hasta 18 horas para poder pasar de un país a otro, algo que se lleva repitiendo ya desde hace semanas, especialmente en la frontera entre Austria e Italia, donde comenzaron los controles.

Von der Leyen ya advirtió de que esas colas pondrían en riesgo las cadenas de suministros esenciales para que la economía europea siga funcionando, para que siga habiendo productos en los supermercados, para que las fábricas que trabajan en material médico tengan lo que necesitan y los hospitales reciban ayuda esencial, como mascarillas o medicinas.

El Confidencial

“Este fin de semana hemos tenido algunos puntos de cruce con hasta 40 kilómetros de cola, eso es un tiempo de espera de hasta 18 horas. Esto tiene que parar”, exigía Von der Leyen esta semana. Por so la Comisión Europea ha propuesto “líneas verdes” para que todos los camiones y transportes de material puedan cruzar las fronteras internas de la Unión con un tiempo máximo de espera de 15 minutos.

La crisis es seria porque afecta por varios flancos a la Unión Europa. Por un lado el ciudadano considera que la UE, cuyas instituciones no tienen competencia en materia sanitaria, no está haciendo suficiente ante el coronavirus, lo que mina su confianza en el proyecto. Por otro lado, la enfermedad afecta y daña los principales valores de la Unión, como es la solidaridad europea, y también es muy negativa para alguna de las ventajas más visibles para los ciudadanos, como es la libertad de movimiento.

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