La última cicatriz del coronavirus: los vagabundos que todos olvidaron en las calles

La recomendación de las autoridades es que todos se queden en sus casas, el problema es que no todos tienen una casa a la que ir. Y están ahí, esparcidos por las calles de Roma, más solos que antes, más visibles, porque ya no hay una muchedumbre alrededor que los camufla.

Son la última herida del virus, la más débil, de la que nadie se ha acordado ni de olvidarse. Porque todos se fueron responsablemente a encerrarse en sus hogares y ellos se quedaron allí tirados en las aceras, su hogar, sin decreto que los mencionara y un sonoro portazo. No tienen miedo a la pandemia vírica, tienen miedo a la pandemia de pobreza en la que ellos perennemente viven y que se ha agravado.

Javier Brandoli. Roma

“A la comida vienen los de Cáritas, pero ahora muchos han cerrado o te dan una bolsa con algo de comida. En la cena ha disminuido. La Cruz Roja no pasa más. Otros grupos han dejado de venir. Ayer pasó un grupo de monjas que trajeron algo de cena. Muchísimos de los que debían pasar una vez cada noche han dejado de hacerlo, lo que para nosotros es un gran problema”, dice Massimiliano, un italiano, de Cerdeña, que lleva siete años durmiendo en la calle y que se “hospeda” en la entrada de una tienda de suvenires cerrada. Responde con precisión, serenidad y claridad a cada pregunta.

Somos tranquilos, la naturaleza de los pobres

Massimiliano duerme en las calles de Roma. (J.B.)Massimiliano duerme en las calles de Roma. (J.B.)Massimiliano duerme en las calles de Roma. (J.B.)

¿Es por miedo al contagio que no vienen? "No es el miedo al contagio. Tienen miedo a que si se contagian van a perder otras cosas. Mucha gente saca beneficio del dolor de los demás".

¿Sabe bien lo qué es el Coronavirus? "Es una gran problema que afecta al mundo entero. Yo noto que las personas que debían tener calma y tranquilidad son más nerviosos que nosotros. Todos estos policías que están aquí (en la Plaza de San Pedro sólo hay agentes y vagabundos) están más alterados. Se sienten vulnerables y no toman ninguna iniciativa que deje algo de dignidad a las personas Ellos están pasando más dificultad que nosotros que estamos acostumbrados".

¿Viene alguien a vigilar cómo están ustedes o les han dado algo de información sobre el virus? "No pasa nadie, ni nadie ha venido a informarnos. Si no lees tu algo, o te informas, nadie viene. Entre nosotros, quien tiene la oportunidad de actualizarse es el que le cuenta a los demás cómo están las cosas".

¿Saben las medidas de seguridad? "Sabemos que hay que hablar a una distancia y no darnos la mano. Yo he aconsejado al resto que seamos un ejemplo para los demás ciudadanos. Comportémonos como nos han dicho que hagamos y tengamos paciencia. Nosotros somos tranquilos, es la naturaleza de los pobres".

Massimiliano forma parte del colectivo de sin techo al que el vacío de las calles ha hecho más vulnerables. Las limosnas no hay nadie que las dé cuando la caridad con los demás es quedarse en casa, no tocarse.

El club de los olvidados

Francisco con sus pertenencias en un banco. (J.B.)Francisco con sus pertenencias en un banco. (J.B.)Francisco con sus pertenencias en un banco. (J.B.)

Francisco es otro integrante del club de olvidados. Peina canas y guarda en una bolsa pequeña todo su armario. “Vigile que las palomas no se coman nada”, dice cuando va a tirar a la papelera el plástico que envuelve su tortilla escuálida suelta en medio de una bandeja. Parece un pegote de huevo recalentado. Él es un ítalo-argentino que vive en la calle. “Hoy es el séptimo aniversario del Papa. Es la fiesta del Vaticano”, recuerda con orgullo. La efeméride pasó desapercibida para el resto del mundo, pero para él esa fecha es patria.

¿Sabe usted lo que es el coronavirus? “No me importa nada. Mire como estoy”, y se levanta la pernera y muestra una pierna inflada como un globo y llena de pus.

¿Alguien les ha dado algo de información sobre el virus que ha vaciado la ciudad? “Eeeeehhhh”, responde con sarcasmo, y se va a ese mundo que existe en la cabeza de alguna de la gente que vive en la calle: “Lo único que le interesa a las personas es robar. Mire los bancos cómo roban”.

¿Quién le cuida esa pierna? “No quiero saber nada. El otro día me llevaron al hospital y 25 personas bla, bla, bla, y nadie me atendía. Se queda el médico a dos metros, se pone la máscara, y al final no me atienden. Tengo esto, y un problema en los bronquios, en la cabeza. Yo o vivo o me muero, pero el Coronavirus no me importa nada”.

Tengo hambre

Mustafá. (J.B.)Mustafá. (J.B.)Mustafá. (J.B.)

No muy lejos, en los soportales cerca de los baños que El Vaticano mantiene abiertos para los sin techo (otros baños públicos de la ciudad para turistas han cerrado), está Mustafá, un marroquí de Casablanca. “Desde ayer que no como nada. Tengo hambre. Ya no pasan las personas que traen comida”, dice. En El Vaticano, centro de reunión de vagabundos de Roma por motivos de higiene, seguridad y alimentación, varias asociaciones católicas reparten comida y cena cada día. Pero todo se ha detenido por la emergencia.

¿Le preocupa el Coronavirus? “No me importa nada. A nosotros, las personas que dormimos aquí, no nos importa el virus, nos importa que regresen las personas que nos daban algo de comida”.

Pero no hay nadie. Las calles están por tercer día impactantemente vacías. Ya no hay gente alrededor de los monumentos, ahora están todos en torno a las tiendas de alimentación y supermercados. El Campo dei Fiori, que mantiene su mercadillo de alimentos abierto, tiene algo de gente. En otros lugares como la cercana Piazza Navona no hay un alma. Entonces, entre una absoluta e impactante soledad que envuelve a los mármoles de Bernini, una figura llama la atención.

Una señora sola en la plaza Navona. (J.B.)Una señora sola en la plaza Navona. (J.B.)Una señora sola en la plaza Navona. (J.B.)

Váyase con el viento y las gaviotas

Junto a la puerta de la Embajada de Brasil, hay una silla de ruedas con una persona. No hay nadie a su alrededor. Parece abandonada. De cerca, la figura es una mujer de unos 60 años, tiene el pelo sucio y revuelto. El olor a orín es fuerte. Es incapaz de hablar por una incapacidad mental severa y sus manos las dobla sin controlarlas.

- ¿Necesita usted algo? Ella hace algún gruñido, mira con ojos violentos y agita algo los muñones. A unos 30 metros hay dos coches patrulla. “Disculpen, hay una mujer en silla de ruedas, creo que tiene una fuerte incapacidad mental y parece abandonada”. Uno de los agentes pregunta a los otros:

- ¿Sabéis algo de una señora que hay allí en una silla de ruedas? "Sí. La dejan ahí y vienen dos veces al día a ver cómo está".

- ¿Duerme en la calle? "No, en la noche la recogen y sé que la llevan a dormir a algún lado. Está controlada", dice el policía.

No lo parece. Como no parece que esté controlada una mujer sentada en un banco, con una bolsa con sus pertenencias, cerca de la fuente de los cuatro ríos.

- "¿Es usted un espía del Quirinale? ¿Viene a matarme?"

- No, soy un periodista.

- "Y no ve que soy invisible. Como (dice un nombre ilegible) que está sentada a mi lado".

- ¿La cuidan señora? ¿Necesita ayuda?

- "No necesito nada. Necesito que usted se vaya con el viento y las gaviotas. Muchas gracias", dice con desgana.

Las gaviotas han tomado la plaza por decenas y destrozan unas bolsas de basura llenas de comida que alguien ha debido dejar ahora. La reja de uno de los numerosos restaurantes de la plaza está levantada. Hay unos panes en ellas. Un joven corre a ahuyentar a las aves. El pan queda picoteado en el suelo en trozos pequeños. El tipo los mira, y quizá por vergüenza o por ser inservibles, se va caminando por la ciudad vacía a alguna parte. Él es otra más de las manchas que el virus dejó olvidada en las calles.

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