La gran parálisis europea: crisis y elecciones congelan los planes de futuro de la UE

El año 2019 parecía el adecuado. Con Emmanuel Macron ya bien asentado en el Elíseo y Angela Merkel afrontando su fase final como canciller, una renovada cúpula de la UE daría el último impulso para, al menos, acumular un par de años de reformas que relanzaran el proyecto europeo. En cambio, la situación se ha enquistado y los primeros compases de 2020 hacen prever que la UE ha entrado en una nueva fase: la de la gran parálisis europea que amenaza con durar todo el ciclo electoral.

Los augurios no eran buenos: si bien 2019 prometía que podía dar un impulso al proyecto con una renovación de la cúpula de la UE, la sensación es que el año pasado ha dejado a las instituciones en peores manos que antes. Los líderes pusieron la primera piedra en el camino al no respetar a la Eurocámara y el proceso de las elecciones europeas en los nombramientos. A Ursula von der Leyen le costó lograr la luz verde del Parlamento Europeo y después tuvo que retrasar un mes la puesta en marcha de su nueva Comisión Europea por el rechazo a distintos candidatos a comisarios, otra mala señal que prometía una relación compleja y trabada entre instituciones.

La incapacidad de Von der Leyen para trabajar con una agenda clara y su tendencia a centralizar los procesos y la comunicación hasta el detalle, la actitud proclive a los eslóganes vacíos y la sensación generalizada de que la Comisión Europea bajo su batuta no tiene una dirección clara hizo instalarse la sensación en la capital comunitaria de una cierta apatía.

Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. (Reuters)Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. (Reuters)Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea. (Reuters)

Alemania congelada

Desde principios de año lo que ha quedado claro es que la agenda europea corre un alto riesgo de quedar paralizada. Lo que era una sospecha tímida se empezó a convertir en realidad con la crisis de Turingia y la caída de Annegret Kramp-Karrenbauer (AKK) como secretaria general de la CDU y sucesora de la canciller Angela Merkel.

La reapertura de la lucha para hacerse con el trono de la CDU se siguió con inmediata preocupación en Bruselas. Hace mucho tiempo que Alemania está bloqueada, paralizada, sin capacidad de actuar, centrada en su agenda interna en un momento en el que Europa necesita que Berlín asuma un rol protagonista. El recrudecimiento de las luchas intestinas, lejos de alejar la sensación de ausencia alemana solo la aumenta.

Nacho Alarcón. Bruselas

Muchos creían, y era una idea que se movía por círculos diplomáticos, que Merkel iba a dejarse el resto en la segunda mitad de 2020, con la presidencia alemana del Consejo de la UE, la última de la que sería protagonista la canciller. La gran oportunidad para que la líder germana dejara su firma en el proyecto europeo desbloqueando algunos dosieres congelados precisamente por la oposición de Berlín.

Pero con todo el proceso de sucesión por delante, todas esas perspectivas fueron desapareciendo. Para cuando la CDU haya resuelto sus problemas internos, quién sabe si con un giro más a la derecha y menos europeísta que el que ahora defiende Merkel, Alemania estará afrontando los últimos meses antes unas elecciones federales que pondrán punto y final a la era de la canciller: en octubre de 2021 los alemanes acudirán a las urnas, y como todo el mundo sabe, Berlín nunca hace ningún movimiento arriesgado en año electoral que pueda cabrear al votante medio democristiano.

Angela Merkel, canciller alemana. (Reuters)Angela Merkel, canciller alemana. (Reuters)Angela Merkel, canciller alemana. (Reuters)

El coronavirus para el reloj

La crisis interna alemana hacía que los cálculos en Bruselas fueran de una parálisis importante del calendario ya hasta finales de 2021. Pero todas esas perspectivas se empezaron a ensombrecer en febrero y se han convertido en negras a principios de marzo: si el ciclo electoral parecía frenar la agenda europea, una crisis amenazaba ahora con congelarla.

La crisis del coronavirus ocupa ahora cada milímetro de Bruselas y cada espacio en blanco de la agenda europea, volcada completamente en el pulso al virus que se está extendiendo rápidamente por la Unión Europea. En la capital comunitaria se sigue con cierto alarmismo las actitudes poco solidarias del resto de Estados miembros con Italia, que se ha lanzado a los brazos del único país que le ha mostrado claramente ayuda, China.

Nacho Alarcón. Bruselas

Se teme que lo que está ocurriendo estos días sea un cambio a largo plazo. Hace meses que se intenta concienciar a Italia de los riesgos de dar la mano a China y sus iniciativas como la Nueva Ruta de la Seda, así como la apertura de todo el mercado 5G a la tecnología china. Los que han liderado las críticas contra Roma son París y Berlín, que además de ser las dos capitales que más se han beneficiado de relaciones privilegiadas con Pekín que ahora critican, y que son las dos capitales que unilateralmente han cortado las exportaciones de material médico, una medida que les ha valido un tirón de orejas de la Comisión Europea.

Más allá de los problemas de solidaridad y de mensaje que muchos temen que se vayan a consolidar con esta crisis, se sigue con preocupación los efectos económicos del coronavirus. La Comisión Europea ya da por hecho que es muy probable que la Eurozona y la UE, que iban a crecer un 1,2% y un 1,4%, caigan en recesión. Así que todos los esfuerzos y todas las energías se centran ahora en frenar el golpe económico.

Ningún tema de la agenda tiene ahora mismo ninguna importancia. Ni siquiera el temido Brexit y las negociaciones futuras con el Reino Unido tienen en este momento la importancia con la que contaban hace solo unas semanas. Con una agenda monopolizada, los diplomáticos, con muchas dificultades para trabajar de manera conjunta debido, precisamente, a las medidas de seguridad frente al Covid-19 que está tomando el Consejo, dan una patada hacia delante al resto de asuntos.

Sede de la Comisión Europea en Bruselas. (EFE)Sede de la Comisión Europea en Bruselas. (EFE)Sede de la Comisión Europea en Bruselas. (EFE)

Cuando salgamos de esta

No se sabe cuánto tiempo tendrá el coronavirus secuestrada a la agenda europea, pero lo más realista parece dar por hecho que todo quedará muy parado hasta que hayan pasado las elecciones alemanas en octubre de 2021, el momento en el que, por fin, la Unión podrá retomar su agenda.

El problema es que el ciclo electoral seguirá entonces enroscado a la garganta del proyecto europeo. Para finales de 2021, cuando Alemania afronte una difícil y traumática formación de Gobierno en la que la CDU tendrá que afrontar decisiones difíciles, los ojos estarán ya puestos en otras elecciones: las francesas de 2022.

Los comicios galos prometen ser un pulso entre el nuevo establishment formado por el partido de Emmanuel Macron y la formación de extrema derecha de Marine Le Pen. Macron llegará probablemente desgastado, y el simple hecho de que haya incertidumbre en el aire va a dañar el rol de Francia en la Unión Europea, sumándole el agotamiento de cinco años del presidente francés intentando sacar adelante asuntos de la agenda europea con la negativa directa y frontal de Alemania.

Emmanuel Macron, presidente francés. (Reuters)Emmanuel Macron, presidente francés. (Reuters)Emmanuel Macron, presidente francés. (Reuters)

Habrá entonces una pequeña ventana de oportunidad, aunque con un peligro creciente acechando. Si el Gobierno en Roma no ha caído antes, Italia celebrará nuevas elecciones en mayo de 2023 con la amenaza cada vez más real de un Matteo Salvini convertido en primer ministro italiano con unos planes todavía inciertos sobre el lugar de Italia en la Unión Europea y la Eurozona que, sin lugar a dudas, generará inquietud tanto en los mercados como en Bruselas.

Un año quedará entonces para las elecciones europeas de 2024, solo un año para la conclusión del ciclo que se acaba de abrir hace solo unos meses, con renovación de la cúpula de la UE y de los escaños que conforman el Parlamento Europeo. Un año que suele ser de “lame duck” (pato cojo), de una administración a medio funcionar, con mucha gente con un pie dentro y otro fuera, y con una UE que se enfrentará entonces a una crisis importante: habrá tenido que hacer algo para convencer a los votantes de que vuelvan a las urnas después de que los líderes no respetaran el mensaje y la estructura de las últimas elecciones europeas.

Nacho Alarcón. Bruselas

Por suerte o por desgracia, lo más probable es que distintas crisis, como la que ahora mismo paraliza la agenda, sean el combustible que siga haciendo avanzar durante los próximos años al proyecto europeo, acostumbrado a acelerar solo cuando cruje y una amenaza pone en riesgo su propia existencia.

La parálisis no será total, pero un mal comienzo y un calendario electoral endemoniado amenaza con poner muy difícil a la Unión Europea el desarrollo normal durante los próximos años. El proyecto tendrá que aprender a ajustar sus velas y avanzar durante el próximo lustro por aguas complicadas y llenas de citas electorales. Lo contrario puede representar un lustro perdido en tiempos peligrosos.

No hay comentarios

Publicar un comentario

Página principal