La Unión Europea esquiva a los migrantes para controlar las armas en Libia

Josep Borrell, Alto Representante de la Unión para Política Exterior y de Seguridad, lleva días advirtiendo sobre la necesidad de que Europa decida, hable, se mueva en política exterior y que ejercite su poder en el mundo. Lo ha hecho en Bruselas, en encuentros privados, en reuniones bilaterales y en la Conferencia de Múnich. Este lunes, tras una jornada larga y difícil, el español paseaba por los pasillos del Consejo con una sonrisa de satisfacción. No es el mejor acuerdo posible, pero había conseguido un acuerdo.

Europa entierra la operación Sofía en marzo y lanzará una nueva misión naval, aunque también con control aéreo y satelital, en el Mediterráneo central para controlar el embargo de armas en Libia. “Esta mañana pensaba que iba a ser imposible, pero es una demostración de que cuando hay voluntad política nada es imposible”, ha explicado Borrell en la rueda de prensa posterior.

La UE se volvía a reunir en un nuevo Consejo de Exteriores que tenía todas las papeletas para volver a convertirse en el escaparate cruel de lo que ocurre ahí fuera. Lo expresó bien Borrell en una entrevista al inicio de su mandato como Alto Representante: “Para mí el Consejo de Asuntos Exteriores se parece más a un valle de lágrimas que a un centro de decisión, porque por allí pasan todas las llagas abiertas de la humanidad […] pero de allí no sale una capacidad de acción”.

Europa Press

Desde hace casi una década, Libia se desmenuza en una guerra civil que ha convertido el país norafricano en un Estado fallido, nido de mafias migrantes, de continuas violaciones de los derechos humanos ante la inacción europea y las miradas hacia otra parte de las capitales. La frágil paz en Libia, donde Rusia y Turquía mueven fichas para anclar sus renovadas ambiciones mediterráneas, trae muchos dolores de cabeza a la Unión Europea precisamente porque no actuar no parece una opción. Y sin embargo es justo lo que está ocurriendo.

Los Veintisiete llevan tiempo ya discutiendo la posibilidad de resucitar la Operación Sofía, una misión que se encargó de patrullar el Mediterráneo central, rescatando migrantes y tratando de acabar con el modelo de negocio de las mafias. Ese fue su objetivo hasta marzo de 2019, cuando se quedó sin barcos ante la negativa italiana a seguir siendo el punto de recepción de rescatados.

Ahora la idea era volver a sacar a mar abierto a Sofía para garantizar que se cumplía el embargo de armas sobre Libia, un Estado fallido que se desangra en una larga guerra civil que sirve de tierra fértil para la aparición de mafias, guerrillas y señores de la guerra. Y la clave: en el que Turquía y Rusia alimentan a la bestia para seguir impulsando su agenda y su intento de extender su influencia en el Mediterráneo. Utilizar a Sofía con el fin de cumplir con los objetivos marcados por la Conferencia de paz celebrada en Berlín hace solo unas semanas y en las que había un compromiso de cumplir estrictamente con el embargo de armas.

Negativa astro-húngara

Austria y Hungría se han negado a revivir Sofía, algo a lo que también se sumó Italia, y explicaban que volver a poner navíos en el Mediterráneo central generaría un “efecto llamada”. La crispación era palpable porque al mismo tiempo que se instala el debate de la necesidad de actuar de forma efectiva en política exterior, dos países sin costa se encargan de bloquear una misión naval.

Fuentes diplomáticas consideran que la actitud de Viena era “muy negativa” y “poco dialogante”. Se negaba en redondo, no quería oír hablar de la operación naval. No es que el resto de los Estados miembros estén todos contentos con la posibilidad de que haya de nuevo una misión naval en el Mediterráneo, pero apuestan por soluciones intermedias.

A media tarde Sofía estaba muerta y los ministros ya estaban pensando en otras opciones. Y finalmente la elección ha sido apostar por una nueva misión, similar a la anterior en algunos aspectos, como por ejemplo su base jurídica, pero con otra forma. Ha sido posible acabar el día con un acuerdo y Bruselas espera que los barcos estén patrullando la zona elegida pronto.

Por un lado, ahora el mandato de la misión pasará a ser fundamentalmente hacer cumplir el embargo de armas, y el salvamento de migrantes pasará a ser la “segunda o tercera prioridad”, en palabras de la ministra española de Asuntos Exteriores, Arancha González Laya.

Ángel Villarino

Pero no es una opción que una misión naval europea no rescate migrantes, porque está obligada a ayudar a embarcaciones en apuros. Así que la segunda condición para salir del paso es que la misión naval se limitará a la zona oriental de las costas libias: una zona y a una distancia, a la que pocas embarcaciones llegan.

El tercer punto que ha permitido el acuerdo es que la dirección de la misión naval hará un monitoreo de la situación migratoria y, si se produce un “efecto llamada”, los Estados miembros tendrán la opción de cancelar la misión.

No es, ni mucho menos, el acuerdo que Borrell y los países más implicados querían cuando comenzó la reunión. Pero es más de lo que esperaban conseguir de unos socios que cuando salió el sol este lunes por la mañana en Bruselas se negaban a volver a ver barcos europeos patrullando el Mediterráneo central y que cuando se estaba acabando el día habían firmado un acuerdo. De mínimos, pero un acuerdo.

La cuestión pasa ahora a un nivel técnico que tendrá que concretar los detalles de la misión. Fuentes comunitarias admiten que no sería la primera vez que un acuerdo político descarrila después a la hora de llegar a los detalles del nivel técnico, pero defienden que la discusión ha sido lo suficientemente larga como para confiar en que el pacto alcanzado este lunes es sólido y estable.

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