Luces y sombras del futuro de China: ¿cuándo se impondrá su hegemonía?

China se convertirá en la primera potencia mundial. La única duda es cuándo. Algunos analistas vaticinan que será hacia 2025, mientras que los más conservadores retrasan este hito hasta 2050. En cualquier caso, hay un hecho que no se puede obviar: no será la primera vez que el Reino del Centro haya liderado el mundo.

Lo hizo a partir del siglo X y durante más de 800 años. Luego el siglo de la humillación que le infligieron las potencias extranjeras tras la Primera Guerra del Opio, y un declive que se agudizó con la proclamación de la República Popular, en 1949. Aunque el Partido Comunista asegura que la fuerza de la China actual se debe a sus acertadas políticas, lo cierto es que, en 1976, cuando Mao murió, el peso de la economía del gigante asiático en el mundo era solo una décima parte del que tenía a finales del siglo XVIII.

Zigor Aldama. Shanghái

China está recuperando el lugar que le corresponde gracias al giro capitalista que dio Deng Xiaoping en 1978 -un modelo denominado oficialmente ‘socialismo con características chinas’- y a su integración en la economía global. El peso demográfico que le otorgan sus 1.350 millones de ciudadanos es, sin duda, una ventaja comparativa. Pero, a diferencia de lo que sucede en India, más importantes son el espíritu emprendedor de la población, la apuesta por la educación y la innovación, la creación de una sociedad secular y, sí, también el liderazgo de nuevas generaciones de un Partido que cada vez blande menos la hoz y el martillo.

Un auténtico milagro económico

Las estadísticas reflejan con rotundidad el milagro económico que el país ha protagonizado en las últimas cuatro décadas: en 1978, China representaba solo un 1,8% del PIB global, mientras que ahora ese porcentaje ha aumentado hasta el 18,2%. Y continúa creciendo a más del 6% anual. Es el menor ritmo de los últimos 30 años y está muy por debajo del 9,4% de la media que ha marcado desde que comenzó a abrirse al mundo, pero continúa superando con creces el ritmo global. Y, aunque las disparidades sociales han aumentado, este crecimiento también se ha traducido en un espectacular incremento de la capacidad adquisitiva de la población y en la creación de una clase media cada vez más relevante.

Más de 500 millones de personas han dejado atrás la pobreza -una cifra que varía según la definición de ese término-, otros 400 millones han accedido a esa clase media a la que todas las empresas quieren atraer, y la renta per cápita ha crecido de los 156 dólares de hace cuatro décadas hasta acercarse a los 10.000. No es de extrañar que las importaciones se hayan disparado y que el país se haya convertido en la principal potencia comercial del mundo. El consumo interno ya es el principal motor económico y aporta más del 60% del crecimiento del país.

Zigor Aldama. Shanghái

China también es el Estado que guarda las reservas de divisa extranjera más abultadas, el tercero que más invierte en el extranjero, y el que más inversión recibe del resto del mundo. También se ha convertido en el segundo país que más invierte en I+D, y todavía tiene margen para el crecimiento, porque esa partida representa solo el 2,1% del PIB. Supera en 9 décimas a la de España, pero todavía está siete décimas por detrás de Estados Unidos y 1,2 puntos por debajo de Alemania. “China necesita acceder al grupo de los países más innovadores y convertirse en una gran potencia para 2050”, arengó el ministro de Ciencia y Tecnología, Wan Gang.

Una fábrica de universitarios

Por falta de talento no va a ser. Porque China es el país con más estudiantes fuera de sus fronteras. Según cifras del Ministerio de Educación, en 2018 662.100 chinos viajaron al extranjero para formarse. Un 8,83% más que en 2017. Y el número de estudiantes chinos que regresaron a su país también creció a un ritmo parecido -8%- y alcanzó los 519.400. De esos, 227.400 regresaron con un máster o con un título superior. Desde que China inició sus reformas económicas, 5,86 millones de sus ciudadanos han estudiado en el extranjero y 3,65 millones han regresado a la madre patria con sus estudios acabados.

Por si fuese poco, cada año ocho millones de chinos se gradúan en las universidades del país, una cifra que duplica la de Estados Unidos y multiplica casi por diez la de China en 1997. Los buenos resultados del país en el informe PISA también reflejan la gran inversión realizada en el sector educativo.

Según previsiones de The Economist Intelligence Unit, China no tardará en liderar el mundo en número de graduados en estudios STEM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería, y Matemáticas). Su fuerza ya se siente en sectores como los de la inteligencia artificial, la robótica, o las telecomunicaciones, en el que Huawei lidera la batalla por el 5G a pesar de las turbulencias con Estados Unidos. Es una muestra de que China ha dejado de ser la fábrica del ‘todo a cien’ y se está preparando para dar un salto cualitativo en su transformación industrial. Es consciente de que, como ha sucedido siempre, el liderazgo solo llegará con la supremacía tecnológica.

Daniel Iriarte

Pero, ¿conseguirá hacer realidad ‘el rejuvenecimiento de la nación china’ -como se conoce oficialmente al objetivo del presidente Xi Jinping- en los próximos años? A falta de una bola de cristal que responda a la pregunta del millón, los escenarios que se presentan en el próximo lustro son muy variados.

El que cuenta con más adeptos apuesta por un futuro sin grandes sobresaltos. China continuará creciendo cada vez a menor ritmo, pero cada punto porcentual será más relevante por el tamaño que ha adquirido su economía y el bienestar de la población se irá acercando poco a poco al de los países desarrollados. Es lo que el Partido denomina un “bienestar moderado”. El país se coronará como la primera potencia mundial en la década que arranca, pero lo hará en términos absolutos, no per cápita. O sea, China liderará la economía global, pero sus ciudadanos seguirán perteneciendo a lo que se conoce como el rango de ‘ingresos medios’.

Ambiciosa expansión global

En este futuro se contempla que el gigante asiático tenga éxito en su transformación económica y que adquiera una notable influencia política global. Sobre todo, a través de proyectos como el de la Franja y la Ruta -conocido como la Nueva Ruta de la Seda-, que pretende vertebrar el mundo de forma alternativa al de las potencias coloniales del siglo XX. Sería, por lo tanto, un auge pacífico sin precedentes, pero no exento de fricciones con quienes consideran que, si bien China no tiene ambición colonialista, protagoniza una expansión económica que puede derivar en la imposición de condicionantes políticos.

Un segundo escenario, que se lleva proponiendo décadas y aún no se ha materializado, apunta a una crisis económica doméstica. Y no faltan datos que sustentan esta posibilidad: el crecimiento económico se acerca al umbral en el que China no será capaz de crear los puestos de trabajo que requiere el proceso de migración urbana, la deuda se dispara -la de las familias, tradicionalmente ahorradoras, es ya del 54% del PIB-, y la inversión en bienes inmuebles deja de crecer y la vivienda comienza a perder valor en las ciudades de segundo orden. Suena conocido porque algunos de esos elementos desencadenaron la crisis estadounidense de 2007.

Mar Llera*

No obstante, a diferencia de lo que sucedió en Washington, el gobierno de Pekín tiene en su poder los mecanismos de la economía planificada para reducir el impacto negativo de esa coyuntura. Puede incrementar el gasto público y las inversiones en infraestructuras, y las empresas estatales son capaces de absorber cierta masa laboral para evitar que cunda el descontento. Eso último es vital porque la legitimidad del Partido Comunista reside, precisamente, en su capacidad para empujar al país hacia un futuro cada vez más próspero. En cualquier caso, una China herida por males económicos sería un lastre para todo el planeta y podría desencadenar una nueva crisis global.

El escenario más pesimista: guerra

El tercer escenario es el más pesimista y contempla un enfrentamiento entre China y Estados Unidos. Para quienes lo consideran posible, las guerras comercial y tecnológica que enfrentan a ambas superpotencias son los primeros compases de una sinfonía bélica que podría tener como detonante a Taiwán. China considera que esta isla, independiente ‘de facto’, es parte de su territorio y, por ello, tiene como objetivo anexionarla. Pero Taipéi adquiere su armamento en Estados Unidos y, aunque la potencia americana no reconoce como país a la antigua Formosa, Washington sí la considera un socio estratégico y tiene el deber de defenderla.

Además, están los continuos roces que China provoca con su polémica línea de nueve trazos, que abarca aguas que llegan hasta las costas de Brunéi y que sirve para reclamar la soberanía de gran parte del Mar del Sur de China, un hecho que provoca tensiones con sus vecinos del sudeste asiático. En el caso de Vietnam, por ejemplo, ha habido varias escaramuzas graves. Y algo similar sucede con Japón en el Mar de China Oriental. Algunos de los analistas más agoreros recuerdan que todo cambio en la hegemonía mundial ha ido precedido de una guerra, y sostienen que no hay razón para creer que el duelo del siglo XXI será diferente.

Javier Ibáñez. Pekín

Pekín se ha propuesto modernizar sus Fuerzas Armadas y ha incrementado su presupuesto de Defensa por encima de la tasa de crecimiento económico durante los últimos años. Eso se ha traducido en nuevas generaciones de aviones caza, fragatas, e incluso portaaviones como el Shandong, el segundo que opera la Marina y que entró en servicio el pasado día 18. Los dirigentes comunistas afirman que su Ejército tiene un carácter meramente defensivo, y señalan que su presupuesto está todavía muy lejos del estadounidense, pero sus detractores subrayan que China ya cuenta incluso con su primera base militar en Yibuti.

Sea como fuere, es innegable que el futuro del mundo ahora depende, en mayor o menor medida, de China. Ha pasado de ser el dragón dormido a convertirse en uno de los actores principales, y el único capaz de lanzar un órdago a la hegemonía estadounidense. Sus gobernantes aseguran que no propiciarán una nueva Guerra Fría, y que, a diferencia de lo que sucedió con la Unión Soviética, no habrá telón de acero. Pero la polarización del mundo en dos bloques es cada vez más evidente. ¿Quién se impondrá? Se aceptan apuestas.

No hay comentarios

Publicar un comentario

Página principal