La guerra mundial de Libia: rusos, sudaneses y turcos ya combaten en bandos opuestos

Hace ya bastante tiempo que la guerra civil de Libia pasó a convertirse en una mundial. A las facciones enfrentadas del Gobierno de Acuerdo Nacional (GAN) apoyado por la ONU y el autodenominado Ejército Nacional Libio del mariscal rebelde Jalifa Haftar, y a la miríada de milicias de lealtad variable, se le sumó en 2015 el Estado Islámico, que pretendía hacer del país la tercera provincia de su Califato. Para combatir a los yihadistas llegaron fuerzas especiales de EEUU, Francia, Reino Unido y Jordania, entre otros, todos con sus propias agendas. Las fuerzas aéreas de Egipto y Emiratos Árabes Unidos han bombardeado objetivos a voluntad desde 2012. Antes del pasado verano, Sudán envió a un millar de milicianos en apoyo de Haftar.cEn octubre, contratistas rusos empezaron a combatir en ese mismo bando, a los que Moscú ha agregado tropas y equipamiento militar de última generación en las últimas semanas. Y en este escenario, ya de por sí complicado, irrumpe ahora Turquía.

Imane Rachidi. La Haya

“Vamos a proteger los derechos de Libia y Turquía en el Mediterráneo Oriental. Estamos más que listos para proporcionarle a Libia el apoyo que sea necesario”, declaró el presidente turco Recep Tayyip Erdogan el pasado 15 de diciembre tras encontrarse con el primer ministro del GAN Fayez El-Sarraj en Estambul. Dicho y hecho: al día siguiente el Parlamento turco aprobó un acuerdo de cooperación en seguridad y defensa con el ejecutivo de Trípoli. Hasta ahora, Turquía había entregado blindados y armamento a las fuerzas del GAN y les había proporcionado apoyo aéreo mediante sus drones Bayraktar estacionados en bases en el norte de Chipre. Con el nuevo acuerdo, enviará además a un centenar de miembros de las fuerzas especiales y asesores militares. Según el diario saudí Al Arabiya, los primeros combatientes turcos ya han llegado a territorio libio, añadiendo un nuevo factor a un conflicto cada vez más complejo.

Un tablero internacional

“La intervención de poderes extranjeros en Libia, tanto diplomática como militar, es ahora el principal obstáculo para la paz en el país”, declaró la semana pasada Ghassan Salamé, enviado especial de la ONU para el país, quien se quejaba de que las divisiones en el seno del Consejo de Seguridad de la ONU han impedido incluso un llamamiento a un alto el fuego, pese a que el asunto se ha tratado en 15 ocasiones en dicha institución. El embargo de armas ha sido violado al menos 45 veces desde principios de abril.

Porque abril es, de hecho, la principal referencia de muchos observadores para explicar la fase actual de la guerra. En ese mes Haftar, cuyos partidarios controlan el este del país desde la capital regional de Bengasi, lanzó una ofensiva que esperaba definitiva contra Trípoli, pero sus fuerzas pronto quedaron empantanadas a las afueras de la capital. El conflicto no tardó en derivar hacia lo que algunos observadores calificaron como la primera guerra ‘proxy’ mediante drones: mientras los dos ejércitos se batían sin mucho éxito en tierra, aeronaves no tripuladas proporcionadas por Emiratos Árabes Unidos a Haftar, por un lado, y por Turquía al Gobierno de Trípoli, por el otro, pugnaban por dominar los cielos.

El empate era casi total, sin que ningún bando tuviese las capacidades necesarias para imponerse a su adversario. Ni siquiera la llegada de unos mil combatientes de las Fuerzas Rápidas de Apoyo de Sudán (una milicia formada a partir de los temibles Yanyawid, responsables en gran medida del genocidio en Darfur) para respaldar a Haftar consiguió alterar el equilibrio sobre el terreno.

A. Alamillos

Hasta que hace dos meses Rusia, que anteriormente había mantenido una calculada ambigüedad -apoyando a Haftar al tiempo que hacía negocios petroleros con Trípoli-, decidió jugárselo todo a una carta. La presencia de mercenarios rusos había sido reportada en el país hacía más de un año, pero se volvió imposible de negar en octubre, cuando 35 miembros de la compañía de seguridad privada Wagner murieron en combate a las afueras de la capital. Sin embargo, la llegada de los rusos supuso un revulsivo para las fuerzas de Bengasi, mejorando dramáticamente las capacidades letales de sus francotiradores y hundiendo la moral en el bando de Trípoli.

Las ventajas de combatir con contratistas

Para el Kremlin, las ventajas de este tipo de contratistas son múltiples: no solo evitan las protestas sociales que generaría el regreso de soldados regulares en ataúdes, sino que permiten negar una implicación formal en el conflicto, asegurando que se trata de una iniciativa privada. En realidad, la relación de Wagner con el estado ruso es muchísimo más estrecha. Según varios expertos, “son fuerzas especiales en todo menos en el nombre”. Pero Rusia no ha tardado en seguir el mismo guion que en Siria y mucho más rápido: a los mercenarios les ha seguido el envío de cazas avanzados Sukhoi y artillería de precisión y el uso de ataques coordinados de misiles, y la llegada de tropas regulares. Según el 'New York Times', en Libia hay ahora aproximadamente un millar de combatientes rusos. Y esta misma semana Rusia ha enviado helicópteros de combate MI35 en apoyo de la ofensiva contra Trípoli.

Esta irrupción rusa en el teatro libio parece haber despertado el interés de unos EEUU hasta entonces escasamente interesados en el norte de África. En octubre, un grupo bipartidista introdujo en el Congreso la llamada Ley de Estabilización de Libia, intentando clarificar la posición estadounidense respecto al país, y el mes pasado una delegación de alto nivel se reunió con Haftar para exigirle un alto el fuego, sin que el mariscal les haya hecho demasiado caso. Hasta ahora, lo que había dominado la política estadounidense había sido la pasividad, pese al apoyo nominal de Washington al Gobierno de Acuerdo Nacional en Trípoli, formado con el respaldo de la ONU.

Donald Trump, de hecho, llegó incluso a llamar por teléfono a Haftar dos semanas después del inicio de la ofensiva contra Trípoli para expresarle su apoyo “en la lucha contra el radicalismo islámico” (una idea que, según el 'Wall Street Journal', le habían metido en la cabeza el presidente egipcio Abdelfatah Al Sisi y el príncipe heredero saudí Mohamed Bin Salman, dos de los principales valedores de las fuerzas de Bengasi).

Javier Martín. Trípoli (EFE)

En otras cancillerías occidentales tampoco hay mucho entusiasmo por el Gobierno de Acuerdo Nacional, que, en la práctica, solo cuenta con el respaldo activo de Turquía. La cooperación “antiterrorista” con Haftar ha ido dando paso a la complicidad, explícita en el caso de Francia y algo más moderada en el del Reino Unido. También Arabia Saudí, Egipto, Emiratos Árabes Unidos y Jordania han tomado partido abiertamente por su bando, llevados por la hostilidad hacia unos Hermanos Musulmanes que gozan de importantes poderes en el ejecutivo de Trípoli. Justo el motivo contrario por el que Turquía defiende a éste.

¿Qué quiere Turquía de Libia?

Pero la defensa de los islamistas es solo una de las motivaciones de las autoridades turcas, y probablemente no la principal. A finales de noviembre, Ankara y Trípoli firmaron un acuerdo que redibujaba las fronteras marítimas entre ambos países. En este nuevo mapa, Turquía se hace con una Zona Económica Exclusiva que se solapa con las establecidas por Grecia y Chipre, lo que le daría acceso sobre parte de los yacimientos de gas descubiertos en los últimos años en el Mediterráneo Oriental. Si Trípoli cae, Ankara puede perderlo todo.

“Turquía ha decidido capitalizar el aislamiento internacional del GAN, al que no le queda ningún otro apoyo internacional para contrarrestar el intento de toma de poder de Haftar después de abril”, afirma Emadeddin Badi, experto en Libia del Instituto de Oriente Medio de Washington. De este modo, “Turquía ha instrumentalizado la creciente asimetría en la relación entre las autoridades de Trípoli y Ankara”, aprovechando para firmar dos memorándums de entendimiento que incluyen las nuevas demarcaciones marítimas, afirma en un artículo para el Fondo Carnegie para la Paz Internacional.

En ese sentido, varios analistas consideran que Erdogan está jugando una partida más amplia, que incluye su relación con Rusia, la adquisición de material militar ruso y la difícil situación de Siria. Así, Libia supondría una baza importante en una futura negociación con Putin, con quien el presidente turco se reunirá el próximo 8 de enero. Dar por hecho esta postura, sin embargo, puede llevar a un error de proporciones catastróficas. El prestigioso periodista turco 'Ragip Soylu', que cuenta con muy buenas conexiones en Ankara, explica que sus fuentes le aseguran que “no es un farol” y que Erdogan está dispuesto a llegar hasta donde haga falta.

Pilar Cebrián. Estambul

“En la mente de Erdogan, sus asociados con capacidad de decisión política y la burocracia de seguridad, Libia se está convirtiendo rápidamente en una nueva Siria, y no quieren cometer los mismos errores que en Siria”, afirma el exoficial y analista militar turco Metin Gurcan. “Turquía se va a comprometer de forma preventiva, incluyendo militarmente si es necesario, y apoyar al Gobierno de Acuerdo Nacional hasta el final”.

Y Libia, como Siria, supone un enorme vórtice en el que los contingentes extranjeros entran con facilidad sin saber cómo van a salir.

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