Habitaciones en tuberías y turismo extremo: el plan israelí para colonizar su desierto

“¿Vas a Maktesh Ramon, al cráter?”, pregunta un trabajador del aeropuerto Ben-Gurión de Tel Aviv nada más llegar al punto de control de entradas a Israel. En su cara de sorpresa puede leerse que muy pocos turistas aterrizan en el país con el fin de explorar el desierto de Négev, si no para experimentar la vida nocturna de la capital israelí o la cristiandad de Jerusalén. Ni siquiera las agencias de viajes ofrecen paquetes de viaje más allá del Mar Muerto.

Una de las principales estrategias geopolíticas de Israel en los últimos 20 años se ha centrado en extenderse hacia el desierto de Négev, un terreno rocoso que ocupa 13.000 kilómetros cuadrados y donde se localizan al menos 200.000 aldeas beduinas. Fue Ben-Gurión, el primer ministro de Israel hasta 1963, quien dibujó la hoja de ruta mudándose al kibutz de Sde Broker, en medio del Négev, para hacer hincapié "en la necesidad de hacer florecer el desierto y repoblarlo", poniendo a prueba la capacidad científica, investigadora y militar de Israel en un terreno tan árido como el desierto.

Una pareja almuerza al borde del cráter. (C. S.)Una pareja almuerza al borde del cráter. (C. S.)Una pareja almuerza al borde del cráter. (C. S.)

Desde entonces, el Gobierno israelí ha seguido el camino junto con la Ben-Gurion University para investigar sobre avances como la desalinización del agua, las energías renovables, la agricultura sostenible e incluso la conquista de Marte, con el apoyo de aliados extranjeros, especialmente Estados Unidos. Pero el país se enfrenta ahora al reto de hacerlo atractivo al ojo del turista.

Para ello, el Maktesh Ramon ha sido su filón. Es el cráter no volcánico más grande del mundo y está situado en el sur, a 85 km de Beersheba, la principal ciudad del Négev, y ocupa más de 40 kilómetros. Aunque para expertos geólogos el Maktesh Ramon es un auténtico tesoro de minerales, lo que llama a los turistas para venir al Négev son las experiencias deportivas, la gastronomía y la naturaleza. De ello se encargan israelíes como Eran Raz, el matrimonio Nahimov o la artista Lola Kedem, quienes, como muchos otros, decidieron dejar sus vidas en la ciudad para formar parte de la proyección turística del Négev.

La uva con sonido de bala

Para llegar a Nana Winery, la bodega de Eran Raz, hay que dejar atrás la base 1 del Ejército israelí, una de las zonas de entrenamiento que los militares tienen desplegadas por el desierto. Es fácil cruzarse con tanques y todoterrenos. A ambos lados de la carretera, puede verse tanto a hombres como a mujeres ataviados de verde oscuro montando campamentos o practicando tiro.

De hecho, las viñas de Eran tienen como banda sonora el constante eco de las balas. "Pero no tenemos nada que ver con ellos [los soldados]. Ellos a lo suyo y nosotros a lo nuestro", sentencia Eran cuando se le pregunta si la cercanía de la base afecta de alguna forma a la visita de los turistas.

Eran Raz posa en su viñedo en pleno desierto. (C. S.)Eran Raz posa en su viñedo en pleno desierto. (C. S.)Eran Raz posa en su viñedo en pleno desierto. (C. S.)

Hace 12 años, este enólogo plantó, junto a su mujer y sus seis hijos, la primera parra que abriría el camino a una producción de más de 500.000 botellas de vino al año. Cuando llegaron, el desierto era "la nada más absoluta". La tierra seca y la falta de agua —solo caen 170 mililitros al año— amenazaban con truncar el negocio pronto. "Volver al desierto fue como volver a empezar mi vida. He estado viviendo siete años en Jerusalén y otros tantos en distintas ciudades, pero el desierto es distinto a todo lo demás: no tienes nada y hay que construir de cero", explica.

En Israel, el 70% del terreno pertenece al Gobierno y no puede venderse

El primer reto de la familia fue hacerse sus cinco hectáreas de tierra. En Israel, el 70% del terreno pertenece por ley al Gobierno y no puede venderse, solo arrendarse durante un largo periodo de tiempo (normalmente, 100 años). La familia Raz tuvo que seguir un proceso burocrático de más de tres años hasta hacerse con su pequeña parcela. El segundo fue conseguir que su viñedo sobreviviera a los torrentes de agua que se forman cuando llueve y el suelo no es capaz de absorber ni una gota: "La primera vez que llovió en el viñedo, el agua destrozó gran parte del cultivo. Tuve que buscar una alternativa y la encontré en la historia: empecé a cultivar en terrazas, como hicieron mis antepasados 200 años atrás".

Los hoteles y las viñas se entremezclan con militares y edificios como esta cárcel. (C. S.)Los hoteles y las viñas se entremezclan con militares y edificios como esta cárcel. (C. S.)Los hoteles y las viñas se entremezclan con militares y edificios como esta cárcel. (C. S.)

A todas estas dificultades hay que sumar también la sequedad del ambiente y el fuerte viento nocturno. Aunque, de cierta forma, tiene su parte buena: evita la presencia de parásitos, haciendo que solo haya que fumigar la parra dos veces al año, una particularidad que hace que Eran hable de su producto como "un vino casi orgánico". Solo lo vende en 'boutiques' y restaurantes, nunca en supermercados. Botellas de Chenin, rosado, Chardonnay y blanco a 120 shekels (30 euros) que se están ganando la fama fuera del cráter. "Todo el vino que produzco es 'kosher', porque es la única manera de que entre en el mercado. Yo no soy religioso, así que no puedo entrar en mis viñas. Siempre tiene que hacerlo alguien creyente y con kipá".

Recluido durante días enteros en su pequeña cabaña, donde recibe a los visitantes y los invita a pizza, Eran sueña con unificar su producción (ahora venden la mitad a otras bodegas) y mudarse en tres años con toda su familia al desierto. "Estoy seguro de que en muy poco tiempo esto se llenará de más viñedos, porque las condiciones aquí [hay tan solo 32 grados en verano] son algo que no puede encontrarse en ninguna otra parte de Israel", afirma antes de irse con su perro a inspeccionar las viñas. "Esto es otra vida".

La bodega de Eran Raz. (C. S.)La bodega de Eran Raz. (C. S.)La bodega de Eran Raz. (C. S.)

Turismo rural y 60 cabras

Cincuenta kilómetros más allá, y un poco más alejado del cráter, vive el matrimonio Nahimov. Él es argentino, ella israelí, y junto a sus seis hijos regentan Naot Farm, una pequeña granja-villa de casas rústicas que ya acumula 9/10 puntos en Booking y cinco estrellas en Trip Advisor. Hace 20 años, lo único que tenían era una tienda de campaña.

"En 2003, se apostó por construir 30 granjas y nosotros fuimos una de ellas. Llegamos con las cabras pero sin agua, luz o gas. Quisimos hacerlo sin alterar la naturaleza del desierto, por lo que decidimos que si montábamos algo iba a ser muy cercano al agroturismo", explica él, Gadi.

La pareja posa en el porche de su casa. (C. S.)La pareja posa en el porche de su casa. (C. S.)La pareja posa en el porche de su casa. (C. S.)

El negocio se sostiene sobre dos ramas. Por un lado está la venta del queso que producen sus 60 cabras. Por otro, una villa de cinco pequeñas casas que simulan las construcciones del desierto con las comodidades de un hotel, aunque el matrimonio asegura que "no buscamos un turismo de lujo, sino una experiencia sencilla en un entorno rústico".

Una de las cabañas en la granja-hotel de los Nahimov. (Naot Farm)Una de las cabañas en la granja-hotel de los Nahimov. (Naot Farm)Una de las cabañas en la granja-hotel de los Nahimov. (Naot Farm)

Sin embargo, ambos insisten en que mantener un negocio turístico en el desierto todavía exige unos altos precios para que sea rentable. "Intentamos poner la cifra más baja, pero el agua [el 70% es desalinizada] sale cara, el mantenimiento también. Por eso cobramos cerca de 150 dólares [135 euros] por noche, pero incluimos desayuno", justifica Lea Nahimov. "Aunque hace dos años se nos ocurrió una idea", añade Gadi. "Hemos construido habitaciones en tuberías de hormigón gigantes y ahí es más barato: 90 dólares [80 euros] por noche". El baño y la ducha, sin embargo, son comunitarios.

Tras recorrer su propiedad, el matrimonio tiene claro que en poco menos de dos años aparecerán más hoteles imitando el suyo. "El desierto llama cada vez más la atención. La variedad de fauna, el paisaje, el silencio... Aunque hay que hacer mucha burocracia, el turismo en el desierto va a seguir creciendo".

Zuqim, el pueblo de los artistas

Si algo une a los israelíes que están colonizando el desierto es "haber construido todo con nuestras propias manos", tal y como afirman tanto los Nahimov como Eran Raz. Lola Kedem, una artista judía que estuvo viviendo 12 años en Ibiza, mantiene ese mismo discurso cuando se le pregunta por su pueblo, Zuqim.

"Antes de nosotros, aquí solo estuvo el ejército. Todo empezó porque un israelí vino en busca de una casa para cuidar a su hijo enfermo y le propusieron repoblar la zona," cuenta. "La gente empezó a venir poco a poco, al principio no teníamos puertas ni ventanas y empezamos a construirlas... Hasta que vino un voluntario y puso el dinero suficiente para construir el pueblo".

Lola Kedem posa en su taller de Zuqim. (C. S.)Lola Kedem posa en su taller de Zuqim. (C. S.)Lola Kedem posa en su taller de Zuqim. (C. S.)

Lola no da el nombre del voluntario que volvió a dar vida a Zuqim, una comunidad que fue fundada en 2001 y repoblada desde 2003 con colonos de Israel central. Mientras se dirige a su taller de bisutería, ubicado en lo que se conoce como 'la aldea de los artistas', esta mujer asegura que poco a poco se están haciendo más conocidos en el resto del mundo. "Hay magia en el desierto. Es equilibrado: tienes tiempo para ti, para tu familia y para tu trabajo. Es muy atractivo".

Lo cierto es que en esta pequeña aldea de casas bajas conviven hasta una veintena de personas dedicadas a la escultura, a la pintura y a la decoración. Algunos vinieron de Israel, pero en esta pequeña comunidad dentro de Zuqim también hay sellos holandeses o alemanes. Solo cinco de los 20 artistas viven de lo que producen; el resto se dedica a otra cosa y tiene su pequeño taller como una fuente extra de ingresos. Es el caso de Lola, que por las mañanas acoge a mujeres en situación de vulnerabilidad (económica, emocional o de cualquier tipo) en su casa "por un módico precio" mientras que por las tardes se encierra en su taller para hacer collares.

"Son grupos de cinco. Vienen a mi casa para desahogarse y hacemos actividades de yoga. También paseamos y nos acercamos al taller a fabricar joyas y a charlar. Es como una terapia", explica. "Ya he tenido a alguna inquilina europea que ha querido venir para desentenderse de su vida anterior".

La aldea de los artistas. (Zuqim Village)La aldea de los artistas. (Zuqim Village)La aldea de los artistas. (Zuqim Village)

En su taller, rebosante de colores vivos, destaca una amplia mesa llena de abalorios de todas las formas y tamaños. Una pequeña parte de lo que produce está en España, más concretamente en Ibiza, donde en temporada alta los turistas compran lo suficiente como para que Lola pueda tener un margen de beneficio. También vende a través de páginas web como Amazon y Etsy, que no solo le dan visibilidad a ella sino a su pueblo. "Los viernes bebemos cerveza, hacemos yoga, montamos fiestas con este paisaje de fondo. Cada vez vienen más turistas. Es la magia del desierto".

No hay comentarios

Publicar un comentario

Página principal