El Gobierno de Trump pierde los galones: los generales abandonan al presidente

Uno de los grandes reclamos del populismo es su aversión a las élites: una casta burocrática que, según su imaginario, se mantiene atrincherada en sus privilegios y sus despachos con aire acondicionado, lejos de la realidad que manipulan con reglas abstractas. Después de enfrentarse a las agencias de inteligencia y de ningunear al servicio diplomático, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha tensado su relación con otra de las grandes instituciones del país: las Fuerzas Armadas.

El Comandante en Jefe ha intervenido en tres casos de militares implicados en crímenes de guerra. A dos, uno de ellos condenado a 19 años de prisión, los ha perdonado, y a un tercero le ha restituido el rango, invalidando una decisión del tribunal militar y cuestionando el criterio de la jerarquía. Cuando Trump expresó el deseo de actuar, el Departamento de Defensa le pidió que se abstuviera y dejara las cosas en manos del Código Uniforme de Justicia Militar.

Argemino Barro. Nueva York

Pero Trump siguió adelante, y desde entonces ha enarbolado sus decisiones en mítines, hasta el punto de invitar al escenario a los dos criminales perdonados. El teniente Clint Lorance y el mayor Matthew Golsteyn compartieron la tribuna con Trump durante una gala de recaudación del Partido Republicano en Florida.

“Los criminales de guerra son ahora, oficialmente, peones políticos del presidente. No ha tardado nada”, declaró Bishop Garrison, veterano y miembro de Human Rights First. Otros militares retirados y en servicio han considerado las acciones del presidente como una intromisión en el código de honor del ejército. El caso que más roces ha generado con el Pentágono, según una investigación de 'The New York Times', es el del soldado de élite Edward Gallagher.

El Diablo destinado en el infierno

Con el apodo de “Cuchilla”, o, directamente, “El Diablo”, este suboficial jefe de la 'Navy Seal' pedía a sus superiores que lo destinaran a los peores agujeros de Irak y Afganistán. “Simplemente queremos matar a tanta gente como sea posible”, dijo por mensaje a un comandante, antes de una misión. Sus veinte años de servicio, gran parte de ellos en el campo de batalla, le granjearon varias condecoraciones, pero también un reguero de quejas y sospechas por su presunta crueldad y sed de sangre.

En 2018, Gallagher fue acusado de asesinar a un prisionero de guerra indefenso; un combatiente del ISIS, capturado en Mosul, al que habría apuñalado en el cuello. Dos de los subordinados presentes en la escena testificaron contra él. “Que nadie lo toque. ¡Es mío!”, habría dicho el suboficial. Luego se hizo una fotografía con el cuerpo, agarrándolo por los pelos, y se la envió a un amigo de California.

Simplemente queremos matar a tanta gente como sea posible

El caso de Gallagher saltó a los medios y varias voces conservadoras expresaron su apoyo al combatiente. “Desde el principio, estos fiscales puntillosos no les han dado el beneficio de la duda a quienes aprietan el gatillo”, declaró a Fox News Pete Hegseth, veterano de guerra y activista, respecto a los juicios por crímenes de guerra. “No son casos de gente que vaya a los pueblos con la intención de matar gente inocente. Estas son decisiones de segundos”.

Los comentarios atrajeron la atención de uno de los televidentes y a Gallagher le salió un amigo poderoso. El presidente Donald Trump le expresó su apoyo y llamó dos veces al secretario de la Marina, Richard V. Spencer, para exigirle que liberase a Gallagher de la prisión preventiva. Dado que Spencer se resistió, Trump dio la orden, y se preparó para perdonar al acusado el Día del Veterano.

Interferencia en la cadena de mando

Al final, Gallagher sólo fue condenado por hacerse la foto con el cadáver, y fue degradado. Inmediatamente después Donald Trump lo elogió en Twitter y usó su poder presidencial para restablecer sus galones. También retiró los honores que se les había concedido a quienes juzgaron al Navy Seal. El secretario de la Marina, que se había resistido a las presiones de Trump, fue despedido.

“Está interfiriendo en la cadena de mando, que está intentando controlar sus propias filas”, declaró Peter Feaver, profesor y exconsejero de planificación militar del presidente George W. Bush a 'The New York Times'. Las Fuerzas Armadas “están intentando limpiar sus acciones y en mitad del proceso aparece el presidente, y sin basarse en la información de sus propios comandantes, sino de contertulios de las noticias que claramente están engañando al sistema”.

Trump “no parece tener mucho respeto por la experiencia profesional”, declaró a Business Insider la profesora de derecho constitucional Deborah Pearlstein, de la Cardozo School of Law. “Sus instintos son un anatema de los instintos del moderno ejército americano”.

Argemino Barro. Nueva York

Machos dominantes

La historia de Donald Trump con el estamento castrense empezó en 1968, cuando el entonces joven atleta universitario, de 22 años y 1,88 metros de estatura, se libró por quinta vez del servicio militar por razones médicas: tenía “espuelas de hueso” u osteofitos. El servicio militar lo habría enviado a Vietnam. Casi cuatro décadas más tarde, en 2017, el neoyorquino inauguró su Gobierno con la promesa de aumentar el presupuesto militar niveles históricos y un gabinete plagado de uniformes, con los reputados generales James Mattis, H. R. McMaster y John Kelly en puestos clave.

“Parece que le atrajo el perfil directo, macho y dominante que muchos civiles asocian a los generales”, escribe el almirante retirado James Stavridis en Time Magazine. “Pudo haber pensado que, asociándose con ellos, mejoraba sus propias credenciales de macho dominante”. El presupuesto militar superó los 700.000 millones de dólares. Pero los generales hace tiempo que se han marchado.

Según Stavridis, había una incompatibilidad estructural entre la manera de operar del presidente y la de los comandantes. “El militar presenta su sabiduría detallándola en un esquema tradicional de la información: asunciones, condiciones existentes, cursos de acción, centros de gravedad, y, al final, las últimas tres opciones sugeridas al que toma las decisiones. El presidente prefiere su instinto”.

El exsecretario de Defensa James Mattis con el presidente Donald Trump en 2018. (Reuters)El exsecretario de Defensa James Mattis con el presidente Donald Trump en 2018. (Reuters)El exsecretario de Defensa James Mattis con el presidente Donald Trump en 2018. (Reuters)

Los generales eran vistos como el último muro de contención de los ímpetus presidenciales. La metódica y racional voz de la conciencia. Donald Trump, sin embargo, demostraba ser indomable y muchas de sus decisiones, desde el repliegue de Siria y el abandono de los aliados kurdos al perdón a criminales de guerra condenados, fueron a contrapelo de las sugerencias de sus comandantes.

El general James Mattis, secretario de Defensa hasta el pasado enero, fue el último en hacer el petate. Meses después, durante una cena de gala en Nueva York, Mattis respondía a las críticas del presidente, que lo había llamado “el general más sobrevalorado del mundo”. “Yo gané mis espuelas en el campo de batalla”, dijo Mattis. “Donald Trump ganó sus espuelas [de hueso] en una carta del médico”.

No hay comentarios

Publicar un comentario

Página principal