Cómo la 'Securitate' de Ceausescu convirtió Rumanía en la mayor prisión de Europa

Rumanía es hoy un país democrático como cualquier otro de la Unión Europea, pero hace solo tres décadas era una gran prisión al aire libre de la que sus ciudadanos no podían salir y en la que estaban sometidos a la vigilancia permanente de una de las policías políticas más conocidas y eficaces que han existido.

A través de micrófonos, escuchas telefónicas y la explotación de las necesidades humanas más básicas acuciadas por aquel ambiente de escasez y represión, la Securitate reclutó un impresionante ejército de espionaje y delación. Este llegó a superar el medio millón de informadores y se infiltró durante décadas en las casas y las conversaciones más íntimas de todo rumano que representara el menor peligro para el régimen.

Marcel Gascón. Bucarest (EFE)

Aunque treinta años después de su fusilamiento el día de Navidad de 1989 el mundo le considere un ogro, el dictador rumano Nicolae Ceausescu fue en su día un dirigente respetado en Occidente. En la década de los setenta, este antiguo aprendiz de zapatero supo hacer uso de su inteligencia de campesino zorro para ganarse la simpatía del bloque capitalista sin dejar de ser uno de los exponentes más ortodoxos del comunista.

El genio de los Cárpatos

Ceausescu fue recibido en París y Londres por el presidente Pompidou y la mismísima reina, y era el único dirigente comunista que mantenía relaciones económicas con la Comunidad Europea, Israel y la República Federal Alemana. El “genio de los Cárpatos” visitó en esa época a tres presidentes distintos de Estados Unidos y en 1975 consiguió de Washington la preciada cláusula comercial de “nación más favorecida”.

Ceausescu se apuntó estas victorias diplomáticas gracias a la independencia que mostró siempre respecto de la Unión Soviética, pero también por el cambio radical en la naturaleza de la represión que llevó a cabo desde que llegó en 1965 al poder tras la muerte del anterior dictador comunista rumano, Gheorghe Gheorghiu-Dej.

“En ese período, el control social sustituyó a la represión bruta”, explicó recientemente el historiador Adrian Cioflanca, durante una conferencia sobre la manera en que la policía política del régimen, la célebre Securitate, vigiló “minuto a minuto” la vida del médico e intelectual sefardí Nicolae Cajal.

La era de la “represión bruta” comenzó a finales de los años cuarenta con la imposición del comunismo por parte del régimen títere de Moscú. Las cárceles se llenaron de presos políticos que morían enfermos y torturados entre rejas o de hambre y extenuación después de años de trabajos forzados.

EFE

Aquellos métodos habían servido para consolidar el sistema comunista en Rumanía, pero no eran compatibles con la imagen exterior que quería transmitir Ceausescu. Consciente de ello, el dictador redefinió por completo el concepto de represión. Soltó a todos los presos políticos y redujo en lo posible las detenciones. De ser una máquina de detener, torturar y matar, la Securitate pasó a convertirse en un formidable aparato de control social al que se destinaban los mejores cerebros y la más tecnología más avanzada.

Una vida en el punto de mira del Estado

Pocas familias han sufrido en sus propias carnes y durante tanto tiempo el acoso de un Estado totalitario como la de Corneliu Coposu. Nacido en Transilvania en 1914, Coposu se afilió de muy joven al Partido Nacional Campesino y fue detenido en 1947 por las nuevas autoridades comunistas junto al resto de dirigentes de los partidos democráticos históricos. Tras sobrevivir milagrosamente a más de 15 años de cárcel y malos tratos, Coposu fue liberado en 1964, cuando el régimen le permitió volver a Bucarest y vivir con su familia. Siempre eso sí, bajo una vigilancia ininterrumpida de la Securitate que no cejaría hasta la caída del comunismo en diciembre de 1989.

Además de ver morir de cáncer en 1966 a su esposa Arlette, Coposu era llamado casi cada semana a dar explicaciones a los investigadores de la Securitate que seguían todas sus conversaciones, movimientos y reuniones. “Una patrulla estaba siempre delante de nuestra casa. Nos grababan las conversaciones telefónicas y Cornel era constantemente interrogado”, dice una de sus hermanas, Rodica.

Marta Medina. Sevilla

El resultado de este seguimiento puede verse en los documentos -26 kilómetros de expedientes si se pusieran en el suelo uno detrás de otro- que el Servicio Rumano de Información va entregando gradualmente al Consejo para el Estudio de los Archivos de la Securitate (CNSAS) a partir de 1989.

Esta institución, creada en el año 1999 para abrir al público los archivos la Securitate, custodia un fondo documental de valor incalculable. A través de investigaciones y procesos penales, escuchas e informaciones ofrecidas por chivatos reclutados entre todos los sectores sociales y niveles de intimidad respecto del vigilado, el archivo ofrece más información que ninguna otra fuente sobre la vida pública y privada rumana entre 1948 y 1989.

Espías entre los niños

“La Securitate reclutaba incluso entre los alumnos de los últimos años de escuela primaria, y después se dirigía a los institutos de secundaria”, afirma sobre el alcance del control de este organismo el director del archivo del CNSAS, Ionel Ivascu, durante una entrevista con este diario en la nave industrial de las afueras de Bucarest en que se guardan todos los papeles.

“Cuando vi lo que había en los archivos me puse mala”, rememora Flavia Balescu, otra de las hermanas que han sobrevivido a Corneliu Coposu. Además de la infinidad de notas manuscritas por amigos, vecinos y otros perseguidos que habían sido reclutados por la Securitate, las hermanas Coposu encontraron una lista de informadores con los nombres en clave y los motivos que les habían llevado a traicionar al político.

Marcel Gascón. Bucarest

Uno de ellos, recuerda Flavia, era un veterano del partido de Coposu que decía conocerle desde joven y que había decidido informar sobre él porque “es una persona inmoral” y “juega al bridge”. Otro, un médico cercano a Coposu, confiesa haber empezado a delatarle a cambio de un pasaporte para ir a ver a su hija al extranjero. “Por lo menos este fue sincero”, dice con tristeza Flavia.

Otra de las sorpresas fue encontrar las órdenes emitidas por la Securitate para poder instalar micrófonos en el apartamento a la que la familia se mudó en 1975. La policía secreta ordenó que el personal de mantenimiento del edificio y los vecinos que no eran de confianza fueran llamados a reuniones de trabajo o cursos de formación. A las hermanas Coposu las mandaron de viaje profesional, de manera que los agentes pudieran instalar micrófonos en la vivienda sin que nadie les molestara. “El primer piso no es problema, pues son colaboradores entusiastas”, escribía en el documento, que deja claro el poder omnímodo del que disfrutaba la Securitate para llevar su misión de sostener al régimen mediante la intimidación y el control.

El fin de lo público-privado

Otra de las grandes obsesiones de la Securitate fue la profesora de francés de la Universidad de Cluj Doina Cornea. Conocida por su actitud abiertamente crítica contra Ceausescu, Cornea fue condenada a arresto domiciliario y despedida de su trabajo, sin que las represalias evitaran que siguiera denunciando, en cartas que lograba hacer llegar a los medios extranjeros, el páramo cultural en que la dictadura había convertido a Rumanía.

Su voluminoso expediente es una galería de miserias humanas en la que alumnos, profesores, amigos y vecinos informan puntualmente y con grados distintos de maldad sobre sus críticas al régimen en la universidad, sus encuentros con lectores extranjeros y hasta la relación con su marido y una frialdad con sus vecinos que algún chivato considera sospechosa y antisocial. Incapaz de disuadirla con estas presiones, la Securitate llegó a poner en marcha una “campaña de descrédito” entre su círculo íntimo, que tenía como objetivo aislarla y para la que movilizó a amigas y familiares del objetivo.

“Estamos hablando de la destrucción de la distinción clásica entre la esfera privada y la pública, que en Occidente se remontaba a la Edad Media”, explica el historiador Adrian Cioflanca sobre la penetración de los ojos y oídos del régimen en los sustratos más recónditos de la vida de los rumanos.

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