Cinco lecciones de 2019 que la UE tiene que aprender ante la crisis que viene

El 2019 no ha sido un año precisamente fácil para la Unión Europea, pero tampoco ha sido traumático si se compara con otros del último lustro: no ha sido el 2014 o 2015, con sus crisis del euro y migratorias, tampoco el 2016 con el Brexit sobre la mesa, ni 2017 y 2018 en los que se confirmó la tendencia anti-liberal de ciertos Estados miembros. Sin embargo, la crisis está a la vuelta de la esquina, y este 2019 se han empezado a plantar las semillas de lo que veremos a partir de 2020.

El curso deja un par de ideas que pueden servir para el futuro de la Unión Europea. Aunque ha sido un año de transición, éste sí que ha dejado la semilla de la futura geografía política de Europa, y también nos ayuda a prever por dónde pueden aparecer las próximas crisis.

El eje franco-alemán

No es exclusivo de 2019: cuando Emmanuel Macron llegó a la presidencia francesa, se generaron unas enormes expectativas respecto a su alianza con la canciller alemana Angela Merkel, que desde hacía más de una década solo veía pasar los cadáveres políticos de los distintos presidentes franceses sin llegar a tener mucha conexión con ninguno.

Para que la Unión Europea progrese es necesario que París y Berlín estén coordinados, o esa es la teoría. Es cierto que a lo largo de 2017, 2018 y 2019 se han dado algunos puntos de encuentro, como por ejemplo es el acuerdo de mínimos respecto al instrumento presupuestario para la zona euro, pero estos han sido más por una rebaja francesa de sus ambiciones con tal de estar a bien con el Gobierno alemán que por el hecho de que el eje franco-alemán haya sido realmente ambicioso.

Nacho Alarcón. Bruselas

Existe ahora el debate sobre si las relaciones entre París y Berlín se encuentran en su punto más bajo. Lo cierto es que no es así: están donde normalmente se han encontrado, lo que sí ha pasado es que se han pinchado las expectativas que se habían generado respecto al eje franco-alemán.

Además, como veremos un poco más adelante, no siempre es positiva la coordinación completa entre París y Berlín, y la experiencia de los últimos años nos muestra que normalmente no sirve en la dirección de los intereses españoles, que es una mayor integración económica y política, sino que en muchas ocasiones son parches y soluciones de mínimos que sirven para cerrar en falso reformas que son cruciales para el futuro de la Eurozona y de Europa.

Sin conexión con la ciudadanía

La elección de Ursula von der Leyen por parte de los líderes el pasado julio como su candidata para presidir la Comisión Europea pilló en fuera de juego a casi todo el mundo. La alemana puede llegar a ser una gran presidenta del Ejecutivo comunitario, pero el mensaje que envió la cúpula de la UE al elegirla fue muy preocupante.

El último fin de semana de mayo se celebraron las elecciones europeas con mayor participación de la historia, y parte de esos comicios era el sistema del ‘spitzenkandidaten’ por el cual el Parlamento Europeo se negaba a escoger como presidente de la Comisión Europea a nadie que no hubiera participado en las elecciones liderando una de las listas. Es un intento, quizás torpe y complejo, por parte de la Eurocámara de generar un vínculo democrático con la presidencia del Ejecutivo comunitario.

Carlos Sánchez. Estrasburgo

Macron partió desde antes de las elecciones europeas con la intención de cargarse dicho sistema y pidiendo a cambio unas listas trasnacionales. Aunque las listas trasnacionales son el objetivo a largo plazo, muchas voces en Bruselas se han quejado de que el ‘spitzenkandidat’ era un sistema positivo (y más democrático) mientras se llegaba al nivel de las listas comunes en todos los países europeos.

Los líderes finalmente acabaron por desmontar la iniciativa que en 2014 situó a Jean-Claude Juncker al frente de la Comisión Europea y decidieron a escoger a una persona absolutamente desconocida, de un perfil bajo a nivel europeo, como era la ministra de Defensa alemana Von der Leyen.

Independientemente de que Von der Leyen pueda acabar siendo una buena presidenta, la Eurocámara y los políticos europeos se desgastaron en una larga campaña en la que prometieron a los europeos que sus votos contarían. Efectivamente han sido los eurodiputados escogidos por los ciudadanos los que han tenido que dar luz verde a la nueva Comisión Europea, pero los líderes han decidido pasar por encima de un sistema que hacía que las elecciones europeas tuvieran un mayor sentido.

Nacho Alarcón. Bruselas

En los próximos meses comenzará una Conferencia sobre el Futuro de Europa con el objetivo de democratizar la Unión Europea. No va a ser un trabajo fácil, y lo más complicado será lograr que el ejercicio no acabe convertido en una nueva operación de lavado de cara y marketing, y que consista en un paquete real de medidas dirigidas a mejorar la rendición de cuentas por parte de las instituciones.

La salida de UK es muy grave

Por el lado europeo se ha vivido el Brexit con una relativa tranquilidad. Durante toda la negociación la UE ha tenido la mano ganadora, ha estado imponiendo su agenda y sus prioridades casi sin oposición por el lado británico. Es algo que se podía esperar porque el Reino Unido no estaba preparado para esa negociación y la UE sí, pero también ha llevado a una caricaturización del rol de Londres dentro del club, dibujándolo únicamente como un miembro que bloqueaba, que evitaba el progreso.

Los últimos meses demuestran dos cosas: la primera es que no hace falta la presencia del Reino Unido para bloquear los avances en la UE, de ello se encargan Alemania, Países Bajos o Francia dependiendo de sus intereses; la segunda es que Londres era profundamente necesaria como contrapeso al eje franco-alemán.

Nacho Alarcón. Bruselas

Sobre la primera es positivo que el Brexit haya hecho caer las caretas: no existe un consenso europeo y aquí cada Estado miembro intenta proteger su trozo de tierra e intereses con uñas y dientes, y solo habla de integración europea cuando le beneficia claramente. No están siendo precisamente tiempos de sacrificios nacionales en pro de la integración europea.

Sobre el segundo punto es necesario que España madure de forma urgente. El eje franco-alemán significa lo que significa: que es de Francia y Alemania, y el resto se queda fuera, con la opción de llevarse una pequeña parte del reparto del poder económico y político.

Un buen ejemplo fue el intento de fusión entre Siemens (Alemania) y Alstom (Francia), que habría generado un gigante europeo del ferrocarril, pero que finalmente fue frenada por Margrethe Vestager, comisaria de Competencia. Esa operación habría alterado la competencia en el mercado europeo.

Nacho Alarcón. Bruselas

Los ataques de París y Berlín contra Vestager llegaron por tierra, mar y aire. Con el Reino Unido, que siempre ha sido firme defensor de unas normas de competencia estrictas, el eje franco-alemán se fija ahora como objetivo reformar estas reglas para facilitar la creación de gigantes europeos.

Nadia Calviño, ministra de Economía española, vio el riesgo en la operación y de hecho fue la primera figura política europea en mostrar un apoyo directo a Vestager y mantuvo una reunión con la comisaria de Competencia, que después recibió también el respaldo de Antonio Costa, primer ministro de Portugal.

Hará falta que países que hasta ahora no se interesaban demasiado en estas materias, como los mismos España y Portugal, comiencen a tener un rol más activo, y puede que tengan que tejer alianzas con países con los que mantienen profundas diferencias en la reforma de la Eurozona, como pueden ser Países Bajos y Dinamarca.

No des por hecha la OTAN

La ya famosa frase de Macron de que la OTAN se encuentra en "muerte cerebral" ha hecho saltar todas las alarmas en Europa y provocó que rápidamente desde Bruselas, desde Berlín y otras capitales se saliera en defensa de la alianza atlántica.

La frase del presidente de Francia no es el asunto más grave de la alianza, aunque sí que refleja la necesidad de que la UE tome un papel más activo en la OTAN. A pesar de que esta funciona a toda máquina y que de hecho la actividad ha aumentado en Europa, lo cierto es que hay muchas dudas sobre su funcionamiento y su futuro a nivel político.

Nacho Alarcón. Bruselas

Un momento especialmente traumático fue la decisión de Donald Trump de retirar las tropas en Siria, y la actitud de Turquía en el norte del país. Eso hizo saltar todas las alarmas, incluso con miedo a que Ankara pudiera invocar el artículo 5 de los Tratados en caso de ser atacada en su incursión en el norte sirio, algo que habría obligado supuestamente al resto de socios a defender a Turquía.

Las tensiones generadas durante este último año van a acompañar a la OTAN durante los próximos años y lo más probable es que centren todos los debates que se celebren sobre el futuro de la alianza.

Francia tiene un plan: ¿cuál?

Está claro que Francia tiene un plan, como lo reflejan las declaraciones de Macron respecto a la OTAN, su papel central en el derrocamiento del sistema del ‘spitzenkandidat’ y otras actitudes. Nadie sabe exactamente cuál es la hoja de ruta del presidente francés, pero lo cierto es que nadie está planteando una alternativa.

Macron ha mostrado que no tiene problema en provocar un terremoto con tal de controlar el debate, como ha demostrado el hecho de que vetara el inicio de las negociaciones de adhesión con Macedonia del Norte y Albania, a pesar de que era una promesa que la UE había hecho a los dos países balcánicos en junio de 2019. Pero tampoco está poniendo encima de la mesa una propuesta alternativa.

El capital político de Macron se está quedando por el camino, así que se le agota el tiempo: llegó en 2017 con grandes planes, y hasta ahora el galo ha sido incapaz de lograr ninguno de ellos a nivel europeo, y está sufriendo mucho para reformar Francia de puertas hacia dentro. Parece que el presidente francés ha cambiado de estrategia, y ha pasado a una actitud más agresiva. No sabemos si esto le servirá a lo largo de 2020, pero en este 2019 que termina ha servido más para cabrear al resto de socios e instituciones que para lograr objetivos reales.

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