La ira contra los megarricos despierta a los Estados Unidos Soviéticos de América

En enero de 2016, publicamos un artículo en El Confidencial que se titulaba "¿Y si de verdad gana Trump?". Lo hicimos con la boca pequeña, como quien no se atreve a contar una historia por miedo a que no le crean. Pero los signos estaban ahí: Donald Trump había encendido algo en el pecho de millones de norteamericanos, tenía posibilidades. Ahora, en un país aún más polarizado, la bola podría rebotar y caer en el otro extremo. La izquierda populista podría alcanzar la Casa Blanca.

"Los milmillonarios no deberían de existir", declaró el senador socialista y aspirante presidencial Bernie Sanders. En el país de Carnegie y Rockefeller, del verde dólar, de la lista Forbes y del culto a la iniciativa privada, se ha consolidado un anhelo por la intervención del estado en la vida económica. Una mano fuerte que meta en vereda a los bancos, implante el estado de bienestar y arroje una viga a las ruedas de Wall Street.

Eva Catalán. Los Ángeles

Según una encuesta de Gallup, el 43% de los norteamericanos considera que el socialismo "sería algo bueno para el país", una cifra sin precedentes. Un sondeo de 2018 refleja un apoyo más amplio y más vehemente entre la juventud: el 51% de los menores de 29 años preferirían vivir en un sistema socialista a uno capitalista.

Tanto Sanders como su rival en las primarias demócratas, Elizabeth Warren, senadora de Massachusetts, han encarnado estos sentimientos en sendos programas electorales que abogan por redistribuir la riqueza en EEUU. Warren lidera varias encuestas a nivel nacional, por encima de quien empezó como favorito, Joe Biden, y Sanders sigue a los dos muy de cerca.

Aunque Warren no se considera socialista, propone medidas parecidas a las de Sanders: crear un sistema de salud pública universal, que costaría, según la propia campaña de la senadora, 52 billones (52 trillions) de dólares en 10 años; hacer gratuita la universidad pública, condonar la deuda estudiantil de los hogares que ganen menos de 100.000 dólares al año, prohibir el 'fracking', regular Silicon Valley, partir a los grandes bancos, obligar a que las corporaciones incluyan en sus consejos un 40% de trabajadores y aplicar un "impuesto a los ultrarricos". Del 2% a las fortunas superiores a 50 millones, afectando a 75.000 familias estadounidenses.

Los planes de los candidatos han hecho que se arqueasen muchas cejas, no sólo en el canal Fox, cuyos comentaristas equiparan estas propuestas con el sistema que gobernaba la Unión Soviética y que sigue vigente en lugares como Cuba o Corea del Norte. Los demócratas de toda la vida han dado también su señal de alarma.

Elizabeth Warren. (Reuters)Elizabeth Warren. (Reuters)Elizabeth Warren. (Reuters)

"Una presidencia de Warren sería profundamente polarizante y probablemente un fracaso", escribe David Brooks, la sabia, cálida y protectora voz de la conciencia del New York Times. "Sus ideas de programa harían imposible una coalición entre progresistas y moderados. Trataría de gobernar con su base partidista del 40%, tal y como ha hecho Trump, lo cual de ninguna manera puede aprobar grandes leyes".

Puristas vs. pragmáticos

Según Brooks, columnista de referencia de líderes como Joe Biden, el Partido Demócrata está siendo atravesado por una corriente de "intolerancia insular". Lo que él llama los candidatos "puristas" (Sanders y Warren) versus los candidatos "pluralistas" (Joe Biden, Peter Buttigieg, Corey Booker o Amy Klobuchar). Sólo estos últimos, según Brooks, podrían formar un consenso y sanar las heridas del país.

Estamos ante la lucha, ya clásica, por el alma del Partido Demócrata. La tensión entre su centro tranquilo y estratégico, representado por Biden o por la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, y una rama joven, enérgica y llameante. Líderes como la congresista superestrella Alexandria Ocasio-Cortez y el otro centenar de "socialistas democráticos" que fueron elegidos para cargos públicos en 2018.

Argemino Barro. Nueva York

El atractivo del socialismo, antaño una marca tóxica en EEUU, no es ningún secreto a la luz de algunos números. Según datos de la Reserva Federal, compilados por People's Policy Project, el 1% más rico del país ha sumado 21 billones de dólares a sus fortunas desde 1989. Mientras, en el mismo periodo, el 50% de ciudadanos más pobres perdían la cantidad combinada de 900.000 millones de dólares.

Si miramos atrás, vemos cómo la marea roja ha ido subiendo de manera consistente, metro a metro, en la última década. El socialismo que reivindican hoy políticos de primera línea salió a la luz en las protestas de 'Occupy Wall Street', en 2011.

Protestas de 'Occupy Wall Street' en Nueva York (EFE)Protestas de 'Occupy Wall Street' en Nueva York (EFE)Protestas de 'Occupy Wall Street' en Nueva York (EFE)

Las heridas de la Gran Recesión eran más evidentes que nunca; la deuda estudiantil subía al galope, la desigualdad estaba en máximos, y nadie había pagado con un día de cárcel la responsabilidad de la crisis financiera. Los "indignados" estadounidenses, al estilo de los españoles unos meses antes, se echaron a la calle y, poco a poco, se fueron formando redes de colaboración; una base para los futuros líderes políticos.

Fruto de los "indignados"

Muchos de los profesionales implicados en el movimiento, los ideólogos y expertos en comunicación, se integraron después, en 2015, en la campaña presidencial de Bernie Sanders. El senador tuvo un éxito sorprendente; ni ellos mismos se esperaban la avalancha de voluntarios y donaciones y, por unas semanas, desafiaron a la favorita, Hillary Clinton. De la misma forma que, en España, Podemos bebió de las energías del 15-M, en Estados Unidos las protestas de 'Occupy' desembocaron en plataformas organizadas. En 2019 la campaña de Sanders ya no es una curiosidad.

El senador de Vermont, en realidad, no había hecho nada diferente. Llevaba esgrimiendo las mismas ideas desde principios de los años sesenta, sólo que ahora la opinión pública estaba madura para ellas. El candidato es como uno de esos viejos bares madrileños que se mantienen igual, y que, después de una generación entera sobreviviendo con pocos clientes, vuelven a ponerse de moda entre los jóvenes.

Debemos reconocer que, en el siglo XXI, en el país más rico de la tierra, los derechos económicos son derechos humanos

"Hoy, casi 40 millones de estadounidenses viven en la pobreza, y esta noche, 500.000 personas dormirán en las calles. En torno a la mitad del país vive nómina a nómina", dijo Sanders el pasado verano, y propuso continuar el proyecto iniciado por el 'New Deal' de Franklin D. Roosevelt en los años treinta, el mayor programa de inversión pública y social de la historia de EEUU. "Debemos reconocer que, en el siglo XXI, en el país más rico de la tierra, los derechos económicos son derechos humanos".

A diferencia de los demócratas centristas, Warren ha renunciado a aceptar donaciones superiores a 200 dólares de los grandes ejecutivos de la tecnología y el sector financiero. Aunque quizás no tenga mucho que perder. Donantes demócratas cercanos a Wall Street han amenazado, según el canal CNBC, con no aportar ni un dólar a la campaña de Warren, si esta obtiene la nominación presidencial. Incluso no descartan pasarse a las filas de un gran amigo de las finanzas: Donald Trump.

Miedo al "rojo"

La izquierda populista no sólo entusiasma a una parte de los votantes, especialmente a los jóvenes; desde la derecha, la campaña de Donald Trump parece estar aprovechando el impulso: esta puede ser una oportunidad para inspirar un nuevo "miedo al rojo", estilo años cincuenta, y pintar al Partido Demócrata como un grupo radical dispuesto a transformar Estados Unidos en una Venezuela del norte.

"EEUU jamás será un país socialista", repite el presidente en los mítines, y su mensaje se multiplica por las redes y en forma de productos de 'merchandising'. Su instinto chamánico para destruir la marca de los rivales ya está manos a la obra. Bernie Sanders sería "Breadline Bernie", o "Bernie el de la cola del pan", uno de esos insultos virales y vívidos que pueden empezar a resonar en las televisiones.

A medida que avanza el proceso de impeachment, y que la economía se enfría y desvela alguna que otra magulladura, las condiciones del campo de batalla de 2020 se van estableciendo. La primera cita de las primarias demócratas es en Iowa, el 3 de febrero. Los candidatos ya están allí estrechando miles de manos, asintiendo con aire de preocupación a los problemas de los votantes, cultivando voto a voto. Dicen que Iowa suele adivinar quién será el próximo presidente. Elizabeth Warren lidera las encuestas. La sigue, pisándole los talones, Bernie Sanders.

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