Juncker se despide: el líder que capitaneó a la UE por las aguas de la "policrisis"

En mayo de 2015 Jean-Claude Juncker esperaba junto al presidente del Consejo Donald Tusk y la primera ministra letona Laimdota Straujuma a la entrada de una cumbre extraordnaria celebrada en Riga para ir saludando a los líderes. Cuando anuncian que el primer ministro húngaro Víktor Orbán va a entrar, Juncker se vuelve hacia Straujuma y le dice, frente a todas las cámaras: “Ahí viene el dictador”.

Así es Jean-Claude Juncker (Luxemburgo, 1954), directo, sin complejos, sin vergüenza política. Lo ha sido todo durante su carrera: primer ministro de Luxemburgo entre 1995 y 2013, también ministro de Finanzas desde 1989 a 2009 y del Tesoro del 2009 al 2013, siendo también el presidente del Eurogrupo, la reunión de ministros de Finanzas de la Eurozona, entre 2005 y 2013. Y tras una larga y fructífera relación con la política, Juncker decidió en 2013 dar el salto a lo más alto de la esfera europea, lanzarse a ser presidente de la Comisión Europea.

Juncker durante una rueda de prensa como primer ministro de Luxemburgo. (Reuters)Juncker durante una rueda de prensa como primer ministro de Luxemburgo. (Reuters)Juncker durante una rueda de prensa como primer ministro de Luxemburgo. (Reuters)

No fue fácil llegar hasta la planta número 13 del Berlaymont. Porque Juncker sacrificó su capital político para participar en un sistema todavía inédito, el del ‘spitzenkandidat’ por el cual el Parlamento Europeo trata de imponer a los líderes de la UE el nombre del presidente de la Comisión Europea en base a los resultados de los comicios comunitarios. Un atrevimiento no compartido por los mismos que eran compañeros de sala de Juncker.

Pero quizás precisamente por ser él, el ‘spitzenkandidat’ funcionó, y él, contra la opinión de David Cameron, entonces primer ministro del Reino Unido, y del ya mencionado Orbán, se convirtió en presidente de la Comisión Europea.

Nacho Alarcón. Florencia

Aficionado a “la bebida y al tabaco” en palabras del expresidente del Eurogrupo Joren Dijsselbloem, Juncker se ha convertido en el saco de boxeo de los euroescépticos. Cargando con la edad y los problemas de salud, el luxemburgués se ha visto aislado por un círculo cercano que le ha tenido quizás sobreprotegido en algunos momentos durante el último lustro. Cuando permitían a Juncker un poco de libertad ha sido cuando ha ofrecido alguno de sus momentos brillantes, como orador y como líder. El de esta legislatura puede que no haya sido el mejor Juncker, pero desde luego sí ha sido uno de los líderes más carismáticos con los que ha contado Europa en su proceso de construcción.

La figura de Martin Selmayr, su todopoderoso jefe de gabinete y después secretario general de la Comisión Europea, fue el máximo exponente de un líder político cansado, que ha dejado a técnicos y asesores el trabajo de hacer funcionar los engranajes de los pasillos de Bruselas.

Jean-Claude Juncker bromea con el liberal Guy Verhofstadt en el Parlamento Europeo. (Reuters)Jean-Claude Juncker bromea con el liberal Guy Verhofstadt en el Parlamento Europeo. (Reuters)Jean-Claude Juncker bromea con el liberal Guy Verhofstadt en el Parlamento Europeo. (Reuters)

El pecado original

En noviembre de 2014, solo unos días después de ser elegido, Juncker tuvo que afrontar su primera crisis, y tenía que ver con su rol anterior: los LuxLeaks revelados por una red de periodismo internacional mostraban todo un sistema opaco de acuerdos fiscales entre Luxemburgo y una serie de grandes multinacionales. El presidente de la Comisión Europea había sido no solo primer ministro del país, sino también ministro de Finanzas.

Ha sido, seguramente, el mayor golpe a su imagen pública. Durante estos cinco años al frente de la Comisión Europea su propia comisaria de Competencia, Margrethe Vestager, ha investigado los acuerdos fiscales que Luxemburgo, bajo el liderazgo de Juncker, había ofrecido a grandes corporaciones para que pagaran menos impuestos en el resto de países europeos.

EC

Crisis tras crisis

Desde entonces la presidencia de Juncker ha estado centrada en una palabra: crisis. Primero el presidente del Ejecutivo comunitario tuvo que gestionar el peor momento de la Eurozona, a punto de romperse en pedazos, cuando Grecia bordeó la salida del euro. El luxemburgués siempre defiende que fue su gestión lo que evitó que Atenas abandonara la moneda única. Éxito que también se arroga Tusk.

Grecia no abandonó el euro, pero lo cierto es que el tratamiento que se dio a Atenas tampoco fue bueno. Ya al final de su mandato, Juncker hizo autocrítica, profundizando en un examen de conciencia que se ha hecho durante los últimos años en Bruselas: “No fuimos suficientemente solidarios con Grecia. Insultamos a Grecia”.

Juncker junto al antiguo primer ministro griego Alexis Tsipras. (EFE)Juncker junto al antiguo primer ministro griego Alexis Tsipras. (EFE)Juncker junto al antiguo primer ministro griego Alexis Tsipras. (EFE)

Llegó también la crisis migratoria que amenazó con romper la UE, que ha sido la gasolina de los movimientos identitarios en Europa y que, por el momento, seguimos sin saber hasta qué punto va a llegar su impacto a nivel político en el futuro del continente.

La llegada de Donald Trump a la Casa Blanca, con continuas amenazas comerciales, y la negociación del Brexit han sido las dos últimas crisis que ha tenido que vivir Juncker. Ante todo este universo de continuas debacles, amenazas existenciales para la existencia del proyecto europeo y giros de guión inesperados, el luxemburgués acuñó un término: “policrisis”.

Nacho Alarcón. Bruselas

Los errores de Juncker son muchos. Desde su gestión como primer ministro de Luxemburgo, que choca radicalmente con su discurso posterior como presidente de la Comisión Europea, hasta su obsesión por priorizar la vieja Europa ante el este y el sur del club, que a penas conoce y casi no ha visitado.

Esa voluntad de aislarse, de dedicarse prácticamente en exclusiva a la opinión pública del núcleo viejo de la UE, se ve perfectamente en sus entrevistas: continuas con medios alemanes, luxemburgueses, neerlandeses, belgas o franceses. Rarísimas en la prensa española, portuguesa o italiana.

El fin de una era

Mientras su sucesora, Ursula von der Leyen, realizaba su discurso ante el Parlamento Europeo minutos antes de ser elegida presidenta de la Comisión Europea, una idea dominaba el hemiciclo: todo el mundo va a lamentar el fin de la era Juncker.

Probablemente llegó cinco años tarde a la gran política europea. E incluso así, cansado y cargando con problemas médicos, la Comisión Europea presidida por el Luxemburgués ha marcado probablemente un antes y un después en la historia del Ejecutivo comunitario.

Juncker durante su último discurso del Estado de la UE. (EFE)Juncker durante su último discurso del Estado de la UE. (EFE)Juncker durante su último discurso del Estado de la UE. (EFE)

Aunque cansado y ya sin demasiadas ganas de pelear, Juncker ha sido capaz de que la Comisión Europea se haya convertido en un agente político activo, con personalidad y acción propia. Convaleciente y quejoso, al luxemburgués le han quedado fuerzas para dar un vuelco al papel técnico, gris y aburrido que tenía el Ejecutivo comunitario. Muchos temen que Von der Leyen traiga de vuelta esos viejos días aburridos y planos.

Aunque Von der Leyen solo es cuatro años menor que Juncker, hay un salto generacional brutal. El luxemburgués es un federalista, un convencido de una Unión cada vez más estrecha, un proeuropeo sin complejos. Tiene, y ésta es la gran diferencia, un discurso sobre Europa. Con él se apaga una idea de Europa vinculada a un sueño, y deja todo el terreno a un discurso pragmático, a un proeuropeísmo limitado en la frontera de unos intereses nacionales que cada día se imponen más ante la agotamiento del impulso del “sueño europeo”.

Juncker ha acabado siendo Juncker. Con una rueda de prensa de despedida muy difusa y extraña, contestando a pocas preguntas y zanjándolo todo con un “tengo hambre”, sus últimas palabras como presidente de la Comisión Europea.

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