Canadá programa la muerte de Little Bay, la última isla fantasma del Océano Atlántico

Little Bay Island puede presumir de ser uno de los lugares más idílicos del Planeta. Se trata de una pequeña isla donde los 54 vecinos que viven en ella se conocen perfectamente, que está completamente aislada de la plataforma continental, donde las puertas de casa no se cierran y donde los pocos comercios no necesitan de dependientes para confiar en la buena fe de la gente para pagar. Pero, ahora, Canadá ha acabado con su sueño y los 'obliga' a mudarse en beneficios del país.

Se trata de la última población canadiense en formar parte de la Política de Reubicación Comunitaria, una idea que surgió en 1953 para aliviar las arcar del estado. En los primeros años en los que se puso en práctica esta directriz, se llegaba incluso a utilizar la fuerza y el miedo para conseguir los objetivos. Ahora, es necesario el acuerdo del 90 por ciento de la población para seguir adelante con el plan. Y ahí es donde Little Bay Island ha decidido su próximo futuro.

Rubén Rodríguez

Llevar los servicios básicos hasta poblaciones tan alejadas supone un coste económico elevado, por lo que es más sencillo pagar grandes cantidades para su reubicación que seguir con esta dinámica. Así, cada hogar recibirá entre 220.000 y 250.000 euros para reasentarse en la plataforma continental canadiense, lo que supone un gasto cercano a los 4 millones... calderilla comparado con los 20 millones que el gobierno de Justin Trudeau se ahorrará durante los próximos 20 años.

Esas cantidades son las que el ejecutivo canadiense estima que se gastarían en mantener servicios básicos como la canalización de agua potable, mantenimiento de la electricidad, el coste de su línea de ferry o de otros servicios como médicos, bomberos o policía durante las próximas dos décadas. Por esa razón, será el próximo 31 de diciembre cuando el pueblo pase de contar con 54 habitantes a ser un lugar fantasma, donde la vida quedará en un segundo plano.

Los habitantes no están obligados a cambiar de lugar de residencia, hasta que llega el momento de la votación. Si el 90 por ciento está de acuerdo, se gestiona el plan: los que están a favor, recibirán un cheque para mudarse al lugar que ellos decidan, a cambio de, lógicamente, abandonar el pueblo. Si alguien decide quedarse, lo hará bajo su responsabilidad, al ser conscientes de que el gobierno dejará de prestar los servicios básicos a la zona.

Así, en el caso de Little Bay Island, todo el mundo ha decidido aceptar el acuerdo del gobierno, salvo una pareja: Mike y Georgina Parsons. Con 53 y 44 años, respectivamente, eran los más jóvenes de la localidad y han decidido seguir adelante. ¿El motivo? Hace menos de una década, decidieron mudarse a la zona por el hecho de vivir una tranquila vida de pareja frente al Atlántico. Ahora, no tienen un motivo por el que mudarse de nuevo a otro lado.

Para sobrevivir, ambos dependerán exclusivamente de sus paneles solares para generar energía, de su pozo de agua dulce para beber y de su conexión por satélite para tener contacto telefónico con el continente. Y, como no, de un transporte por mar con el que poder comprar alimentos y otra serie de víveres necesarios para su supervivencia. Así es como se gesta la muerte programada de una remota isla, un lugar que ya no está pensado para la vida.

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