Un mafioso se autoinculpa del asesinato del papa Juan Pablo I en sus memorias

El 28 de septiembre de 1978 parecía un día más en el Vaticano. El entonces Papa, Juan Pablo I, se estaba tomando un té, mientras repasaba mentalmente las labores que aún tenía que hacer durante el día. Sin embargo, tras varios sorbos a la taza, empezó a notarse lento y pesado: solo unos minutos después, se quedaba profundamente dormido... para no despertar nunca más. Ahora, 41 años más tarde, uno de los mafiosos más conocidos del mundo asegura que fue él quien urdió su asesinato.

Anthony Raimondi fue uno de los gánsteres más activos del último cuarto de siglo XX. Perteneciente a la mafia de Colombo, durante muchos años mantuvo el control de las calles de Nueva York con puño de hierro. No solo era respetado por sus malas artes, sino también en buena parte por ser el sobrino del mítico Lucky Luciano, conocido por ser el padre del crimen organizado en Norteamérica. Pero una de sus misiones más secretas tuvo lugar en el Vaticano, según explica en una entrevista con 'The New York Post'.

Rubén Rodríguez

Ha sido el propio Raimondi el que se autoinculpa de haber sido el encargado de asesinar al papa Juan Pablo I. Lo ha hecho en su último libro, llamado 'When the bullet hits the bone' ('Cuando la bala golpea el hueso'), una especie de autobiografía en la que cuenta algunos de sus actos delictivos más sonados. Y es precisamente ahí donde explica cómo murió el pontífice: primero, fue drogado con Valium para, poco después, ser asesinado con una solución hecha a base de cianuro.

Raimondi asegura que recibió una llamada del arzobispo Paul Marcinkus, que era su primo, para explicarle que el Papa iba a hacer públicos una serie de documentos a los que había conseguido acceder: en ellos quedaría supuestamente probado que varios funcionarios del Vaticano habrían llevado a cabo un fraude financiero estimado en casi 1.000 millones de euros, al vender certificados falsos de acciones a compradores ingenuos. Y había que silenciar el escándalo.

Si salía a la luz, Marcinkus y otros cargos del Vaticano no solo habrían sido expulsados de la Iglesia sino que habrían sido juzgados por el caso y, con casi toda probabilidad, habrían acabado su vida en la cárcel. Por esa razón, Raimondi se desplazó al Vaticano, donde su principal misión era observar las rutinas de Juan Pablo I y tratar de encontrar una brecha de seguridad con la que conseguir acabar con su vida. Pronto, encontró la manera de llegar hasta él.

Dentro de sus aposentos, Marcinkus preparó un té al Papá con una importante dosis de Valium en su interior. Mientras hacía efecto, Raimondi se encargó de hacer una solución a base de cianuro. Cuando el pontífice quedó dormido, el arzobispo llegó hasta su primo para recoger el veneno y, de vuelta a la Santa Sede, hacérselo beber para, después, huir de la escena del crimen. Cuando minutos después un cardenal vio que algo extraño le pasaba a Juan Pablo I, ya era demasiado tarde.

Cuando saltaron las alarmas, Marcinkus se apresuró a ayudar al Papa como si no supiera qué estaba pasando: cuando quisieron llegar los servicios médicos, ya no había nada que hacer. Solo 33 días después de haber sido proclamado pontífice, Juan Pablo I fallecía, según el parte médico oficial, de un infarto agudo de miocardio. Ahora, Raimondi confirma ser el encargado de elaborar el plan para su ejecución e, incluso, va más allá: afirma que también elaboró un plan para matar a Juan Pablo II.

Según explica en su entrevista a 'The New York Post', el nuevo Papa también tuvo acceso a los documentos en cuestión, pero fue consciente de que su vida corría peligro en caso de revelar la información, por lo que decidió no actuar. Eso es lo que evitó que fuera asesinado como su antecesor, según confesó Raimondi en su nuevo libro. Una supuesta trama con documentos falsos que fue frenada con veneno: "Allí compré un boleto de ida al infierno", asegura el mafioso.

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