Todas las guerras del Nobel de la Paz: de Obama a ¿Greta Thunberg?

Esta misma semana, un tribunal de Bangladesh emitió una orden de arresto para el Nobel de la Paz Mohamed Yunus, conocido como el 'banquero de los pobres', por no comparecer ante la corte en una disputa laboral. Ha pasado desapercibido para la mayor parte de los medios occidentales, pero es solo el ejemplo más reciente de un Premio de la Paz que acaba saliendo, por así decirlo, 'rana' al Comité del Nobel. Desde galardonar a un Barack Obama cuando apenas llevaba un año como presidente de Estados Unidos, país al que luego metió en la guerra de Libia, a una Aung San Suu Kyi, que pasó de activista perseguida a ignorar —o incluso justificar— las desdichas de la minoría étnica rohingya en su país.

El Premio Nobel de la Paz, que entrega el Comité del Nobel Noruego (formado por cinco personas elegidas por el Parlamento del país nórdico) y que este año se anunciará el viernes a las 11:00 hora local, es uno de los galardones más polémicos de la institución del Nobel. Al ser tan político, la controversia parece inevitable. Pese a ello, el galardón, que otorga un monto de nueve millones de coronas suecas (unos 830.000 euros), sigue siendo tan reconocido y popular como cuando Alfred Nobel quiso legar su fortuna en 1895.

El Confidencial

Este año, el premio ha empezado con polémica antes incluso de otorgarse. Entre los nominados y favoritos a hacerse con el galardón destaca sin reservas la jovencísima cruzada por el medio ambiente Greta Thunberg. Lo que empezó como una 'huelga escolar' casi en solitario en su Suecia natal se ha convertido en toda una gira en la que Thunberg ha sido recibida por líderes mundiales, ha intervenido en la Cumbre de Acción Climática de la ONU y se ha convertido en un referente mundial en la lucha por el clima.

En su contra juega su juventud (con 16 años, se convertiría en la ganadora más joven de la historia del Nobel, superando a Malala Yousafzai, que obtuvo el premio a los 17 años), sus rifirrafes con algunos líderes mundiales (entre ellos, Donald Trump y Vladímir Putin) y una interpretación purista de lo que significaría Nobel de la Paz. ¿Qué tiene que ver la lucha por el clima con la consecución de la paz?

Según los criterios que dejó escritos en su testamento Alfred Nobel, el galardón debe reconocer a quienes hayan contribuido "a la eliminación o reducción de armamento, al hermanamiento de los pueblos y a la paz en el último año".

El galardón debe reconocer a quienes contribuyan "a la eliminación o reducción de armamento, al hermanamiento de los pueblos y a la paz"

"La primera parte del criterio no es ya tan importante. Los parámetros de lo que significa 'paz' han sido muy ampliados en los últimos años, tanto que ahora incluso incluyen políticas medioambientales. La parte de 'en el último año' es la que podría ser más importante aquí. Thunberg se ha convertido en el símbolo de una nueva generación en este 2019, así que el testamento de Alfred Nobel habla en su favor. Ella es una de las favoritas", explica a El Confidencial el profesor Torbjørn Lindstrøm Knutsen, de la Universidad Noruega de Ciencia y Tecnología y experto en Premios Nobel.

De hecho, el Comité Noruego ya ha entregado en ocasiones anteriores el Nobel de la Paz a activistas medioambientales, como en 2004 a la keniana Wangari Maathai o —compartido— al exvicepresidente estadounidense Al Gore en 2007, por sus "esfuerzos en propagar el conocimiento sobre el cambio climático creado por el hombre".

La opción de un Nobel para Greta Thumberg junto a otros activistas medioambientales, como el líder indígena brasileño Raoni Metuktire, suena bien en las casas de apuestas. "Si Thunberg gana, mi apuesta es que tendrá que compartir el premio con otros activistas ambientales. A menudo, el Comité Nobel no solo elige un ganador, sino que también trata de influir en la agenda de la política internacional eligiendo a alguien que represente un tema importante, lo que atrae atención sobre el tema", continúa Lindstrøm Knutsen.

Activistas vs. políticos

Porque, pese a todas las polémicas, el Nobel sigue siendo uno de los grandes ejemplos del uso del poder blando. En 2018, una de las galardonadas fue Nadia Murad, activista yazidi, y la exposición que le dio el premio ayudó a centrar el debate público en la persecución que este grupo sufría en Siria por parte de los terroristas del Estado Islámico (Daesh).

Algunos críticos señalan que la elección de este tipo de nombres no encajaría con el espíritu de un Nobel cuyo objetivo es premiar esfuerzos en el ámbito de la pacificación. La labor de personas como Murad no acaba, en la práctica, con ningún conflicto, sino que "alivia un sufrimiento" o "crea conciencia" sobre un tema determinado. La inclusión de activistas entre los galardonados por el Premio Nobel de la Paz —una decisión que ya de por sí trajo cierta polémica por el cambio de rumbo en lo que se había entendido siempre como la intención original de Nobel— comenzó en 1952, cuando el ganador fue Albert Schweitzer, fundador de un hospital en Gabón. Le siguieron nombres como Desmond Tutu, Andrei Sajarov o Teresa de Calcuta.

Pero, precisamente, estas personas son las más cómodas para el Nobel, pues generalmente no generan mucha polémica. ¿Quién puede estar en contra de que den el Nobel a Denis Mukwege, un ginecólogo que ha dedicado su vida a ayudar a superar las secuelas de violaciones y torturas a mujeres en el Congo?

Denis Mukwege saluda al papa Francisco. (Reuters)Denis Mukwege saluda al papa Francisco. (Reuters)Denis Mukwege saluda al papa Francisco. (Reuters)

Elegir en cambio a alguien que pueda favorecer la paz o acabar con un conflicto violento, sin poder esperar a que el barniz del tiempo coloque las cosas en su lugar, está abierto a atraer la polémica. Otorgar el galardón al expresidente de Colombia Juan Manuel Santos por la firma de los acuerdos de paz con las FARC, que cerraban uno de los conflictos más largos de la región, parecía obvio, aunque la situación hoy en Colombia está lejos de ser como pronosticaba el proceso de paz. También recibieron el galardón Yasser Arafat, líder palestino, junto a los políticos israelíes Yitzhak Rabin y Shimon Peres, por lo que parecían unos prometedores acuerdos de Oslo en la solución del conflicto palestino-israelí. Poco después, tuvo lugar la segunda intifada.

De hecho, entre los 301 nominados de este año (la lista completa no será pública hasta dentro de 50 años), estaría el nombre de Donald Trump, por sus "avances en el diálogo y la desnuclearización de Corea del Norte". "Creo que debería tener el Premio Nobel por muchas cosas, si lo otorgaran de manera justa, cosa que no hacen", llegó a decir.

Mucho más probable es el nombre, siguiendo este criterio de acabar con cruentos conflictos, de Abiy Ahmed, el primer ministro etíope, que en su primer año de mandato (fue elegido en 2018) no solo ha iniciado una serie de reformas que pretenden separar el país de la tendencia africana de dictadorzuelos (ha quitado la etiqueta de 'grupo terrorista' a los tres grandes partidos opositores y ha liberalizado empresas estatales), sino que ha sido el principal impulsor de la firma de la paz con la vecina Eritrea tras 20 años de conflicto.

Una mina de polémicas

El Instituto Noruego por lo general señala que "no disfruta" de la controversia que acompaña a sus elecciones. Pero, según señala Geir Lundestad, secretario de comité (sin derecho a voto) entre 1990 y 2014, a la agencia AP, algunos miembros del comité han apostado a propósito por nombres polémicos. "Los premios de literatura y paz son más accesibles para la gente común que los premios de medicina, física y química", explica como parte de esa polémica que arrastran, pero añade que "algunos de los miembros [del comité] disfrutan la controversia que trae. Varía enormemente entre los miembros. Pero muchos reconocen que algún tipo de controversia va con la elección del premiado".

EC

Los casos más sonados se reparten a lo largo de toda la historia del galardón. El líder israelí Menachem Begin, el ganador de 1978 por los acuerdos de Camp David, anunció la invasión del Líbano en 1982. El líder soviético Mikhail Gorbachov, que ganó el Nobel en 1990 por su papel pacificador al final de la Guerra Fría, envió tanques en 1991 para detener la independencia de los países bálticos. Henry Kissinger lo compartió en 1973 con el revolucionario vietnamita Le Duc Tho por sus intentos de poner fin a la guerra en la península asiática. Le Duc, la única persona que ha rechazado el premio, acusó a Washington de romper el alto el fuego.

¿Devolver el premio?

En 2009, el columnista del 'New York Times' Randy Cohen argumentó que "el premio debería ser rescindido en esos casos extremos cuando un ganador anterior haya actuado repetidamente en contra de los valores que el premio consagra". Sugirió algunos ganadores posiblemente indignos, incluidos el presidente Teddy Roosevelt, Henry Kissinger y Yasser Arafat. Cuando salieron a la luz las declaraciones de Aung San Suu Kyi, ahora la 'primera consejera de Estado' de Myanmar, en las que parecía justificar la persecución contra la minoría musulmana de los rohingya, muchas voces se alzaron pidiendo que se le retirara el galardón.

"En mi opinión personal, cuando Aung San Suu Kyi recibió el premio, ella estaba en la oposición y era una campeona por los derechos humanos. Ha sido criticada como política, pero como política está atrapada en un sistema que no puede controlar. Pensar que de repente ha pasado de ser buena a mala es ingenuo. Creo que ella debería quedarse con el premio", apunta por su parte Lindstrøm Knutsen.

"Los premios controvertidos no degradarán el premio por sí mismos: si el destinatario es controvertido, los oponentes siempre protestarán. Serán las decisiones imprudentes las que lo degradarán (como a Kissinger) o si demuestran un sesgo sostenido en el tiempo", concluye.

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