Sin Lima no hay paraíso

La verdad es que nadie entiende todo este vulgar espectáculo, desproporcionado y ridículo, que quieren montar con motivo de la Cumbre de las Américas y la asistencia de Nicolás Maduro a este acto tan protocolar al que, como es debido, se acude mediante previa invitación del país sede y de común acuerdo con los organizadores.

 

 

 

No se trata de una obligación inalterable en la que el país sede no tiene ni arte ni parte, pues, si vamos a ver, la lógica y la diplomacia condicionan el escenario. En estos casos los tiempos y los momentos políticos desempeñan un papel fundamental porque si, pongamos por caso, en la antesala de una cumbre se produce un golpe de Estado, el panorama cambia drásticamente. ¿Está obligado el país anfitrión a recibir a tamaño golpista? ¿Se le hacen honores militares y se le rinden las complacencias de rigor?

 

 

 

Desde luego que el asalto al poder mediante un golpe militar afecta la invitación previa que se ha enviado a un país que, en el mejor de los casos, se supone era democrático a menos que se demuestre lo contrario. En el caso de Venezuela se entiende que existan determinadas normas escrupulosas, ciertas malolientes prácticas contra la democracia que hacen obligatorias la precaución de la presencia en la Cumbre de las Américas del representante de nuestro gobierno.

 

 

 

No se trata de Maduro en sí que, vaya suerte la nuestra, se empeña en ir adonde no lo quieren. Es el escándalo propagandístico que se monta cada vez que se convoca a una Cumbre de las Américas y surge, aupado por los cubanos y otros de sus socios crematísticos, un tema o una estratagema que sirve para convocar a “los pueblos de América” a reunirse y rechazar automáticamente a alguien al cual es muy posible que el “pueblo” ni siquiera se imagina quién es.

 

 

 

Al jefe Evo los bolivianos lo ven con extrema desconfianza porque no se atreven a darle una renovación de un mandato que ya va para largo. Pero se empeña en renovarse como líder indiscutible de Bolivia. Qué ciego vuelve el poder a los pequeños hombres que llegan a ciertos puestos de gobierno, pero que, en esencia, son instrumentos de poderosos intereses económicos de esa actividad subterránea  que se mueve por canales ilegales, la coca.

 

 

Veamos, por ejemplo, por qué este adalid que defiende la presencia inevitable de Maduro en la Cumbre de Lima es apenas un títere de quienes lograron colocar la hoja de coca como la esencia del pueblo boliviano. ¿La hoja de coca? Por Dios, si alguna utilidad tiene la sagrada hoja es que hace que el campesino boliviano, al masticarla, resista para trabajar más, le exprima a su cuerpo hasta la última gota de esfuerzo extra para que su patrón quede satisfecho y obtenga más ganancias.

 

 

 

Y mientras tanto el indio acorta su vida sin obtener el extra de las ganancias para su familia. Quien gana es el que controla la actividad en el lugar de los cultivos, el capo que “ayuda y protege” a los empobrecidos campesinos que siembran, recogen y entregan su cosecha a los que, según dicen, financiaron a Evo. Dólares de parte y parte. ¿Cómo hacemos para saber a quién financia el imperio?

 

 

 

Editorial de El Nacional

 

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