Perú: la fatal encrucijada

 

Decir que el presidente de Perú tejió y cayó en su propia trampa sería una ligereza imperdonable. Kuczynski, en verdad, nunca fue un político avezado sino un hábil empresario que se volvió indispensable para los partidos en medio de ese ajedrez complicadísimo en que se ha convertido el Perú político de hoy. Supo surfear ante las inmensas olas que, sin darle oportunidad alguna, lo fueron arrastrando brutalmente hasta la orilla. Allí está ahora.

 

 

Su olfato político quedó agotado en la batalla que brillantemente había ganado a los fujimoristas cuando estos creían a pie juntillas que ya Kuczynski estaba condenado. Incluso se dio el lujo de dividir a las huestes de Keiko y de enemistar a los dos hermanos más representativos del movimiento. Algo que era inimaginable unos años atrás.

 

 

Pero esa jugada desesperada no le dio la protección y el apoyo que esperaba. Por el contrario, agitó en su contra no solo a sus adversarios sino también a quienes lo habían apoyado años atrás en su elección presidencial. Allí comenzó su desgracia y, por supuesto, esta posterior caída que presenciamos hoy. Nadie le perdonó sus virajes oportunistas y menos aún que pretendiera retomar su ejercicio presidencial como si nada hubiera ocurrido.

 

 

Si Kuczynski en un momento de lucidez y no de oportunismo, con el conocimiento claro y rotundo de que había llegado al final del camino, hubiera encontrado el valor y el coraje de preparar su salida organizando una transición, hasta sus propios enemigos lo hubieran apoyado. No había ninguna posibilidad de que, destartalada como estaba su imagen y sin apoyo popular, sus enemigos le cerraran las puertas, con  alfombra y todo lo demás, para despedirlo.

 

 

Claro que el problema de fondo seguiría existiendo, es decir, sus enredos con la empresa brasileña Odebrecht, pero ya alejado del poder su capacidad de maniobra se vería sumamente mermada. De manera que ahora Perú entra de nuevo en las terribles turbulencias de antaño.

 

 

En su despeñadero Kuczynski deja una amenazante lección para los mandatarios actuales y los ex presidentes. Y esa lección consiste en que entre la derecha y la izquierda los vasos comunicantes de la corrupción los unen y también los hunden en el pantano de la historia. Si alguien duda y no hay lugar para ello, los populistas y los militares, del signo que sean, ya no pueden ocultar que son extremadamente sensibles a los grandes negocios siempre y cuando terminen en sus bolsillos.

 

 

El pícaro viejito Lula y su impresentable Dilma; el tuerto Kirchner en Argentina y su esposa, la cretina Cristina (Mujica dixit); el fanfarrón de Correa, Humala y su mujer; ese poder rollizo llamado Bachelet, protectora de los cabecillas de la Alemania comunista y de sus policías torturadores a los cuales alojó en Chile, por agradecimiento de los favores recibidos.

 

 

 

Hemos dejado como último renglón a los angelitos que hoy mandan en Venezuela, los rojo rojitos cuyas corruptelas y complicidades con Odebrecht (denunciadas, vaya cinismo, por la propia Fiscalía venezolana) semejan el Delta del Orinoco en la burocracia bolivariana. Vómito y asco.

 

Editorial de el Nacional

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