La insurrección de los CLAP

De donde menos se espera salta la liebre, especialmente en una pradera caracterizada por un silencio mezclado con resignación que no quiere encender los motores para mostrar sus balbuceos. Pero la pradera, cada vez más yerma y agotada, hace que sus criaturas comiencen a levantar el vuelo. No hay que arrojarle gasolina, ni convocar las iras de los pájaros a través del micrófono, sino solamente ponerse a ver cómo su estrechez provoca conductas de repulsa que estaban depositadas en el subsuelo.

 

 

¿No es lo que pasa ahora, con las reacciones provocadas por las fallas y por los engaños de un programa hecho por la dictadura para mantener la paz del contorno? En efecto, acorralados por las penurias que han creado e incrementado, los mandones trataron de buscarles remedio a través de un sistema llamado CLAP, dirigido a paliar por cuentagotas el hambre de los más pobres, es decir, de la inmensa mayoría de la sociedad. Paño caliente surgido de la improvisación, pastilla para el dolor de cabeza que no puede curar males mayores, simulación de cuidado en las manos de quienes se han caracterizado por el desprecio del prójimo, el sistema comenzó a funcionar hasta cuando los defectos de su origen y la estrechez de sus miras lo hicieron naufragar en poco tiempo.

 

 

Puesto en manos incompetentes, se ideó un programa de alimentación popular que los necesitados debían pagar de su bolsillo a precios que no fueran alarmantes, se seleccionó un flaco conjunto de productos básicos que podían paliar las necesidades del estómago mientras se superaban los escollos de una supuesta guerra económica que había maquinado el macabro imperialismo, pero el designio ya provoca las reacciones enfáticas de un descontento cada vez más creciente. Lo que mal empieza, mal acaba.

 

 

¿Qué ha pasado? La flaca provisión no se entrega a tiempo, para burlar la promesa populista que parecía oportuna. No llegan los productos anunciados, sino solo unos pocos; y los que llegan son de dudosa calidad, para rematar. Los pobres pagan una limosna que aparece tarde, cuando aparece; o que viene chucuta, o que amenaza la poca salud que a duras penas han logrado mantener porque Dios es muy grande.

 

 

Si se agrega el hecho divulgado por la prensa independiente, sobre negocios sucios y sobreprecios excesivos en la adquisición de los productos provenientes del exterior que medio llenan unas magras bolsas de plástico, no solo estamos ante un fracaso inocultable, sino también ante negociados merecedores de total reprobación que se llevan a cabo jugando con la salud y con la dignidad de la gente más humilde y burlada de Venezuela.

 

 

De allí las repulsas que el programa CLAP ha generado en los barrios populares de la capital y de ciudades del interior del país. Cada vez mayores, cada vez más decididas, se multiplican las protestas ante las siglas de un bulo cuya máscara fue fácil de despojar porque se la quitó él mismo; frente a una manipulación tan mal hecha y tan mal pensada que se desplomó ella sola, como un castillo de naipes.

 

 

Así las cosas, el plan estelar de Maduro para salir del paso ante las penurias de la sociedad ha devenido en un infierno que, como todo infierno, no se puede apagar.

 

  Editorial de El Nacional

 

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