Un mes de amor

Maduro dijo que la prostituyente había cumplido “un mes de amor”. Así sintetiza y caracteriza el dictador el inicio de las reuniones de un cenáculo fraudulento y animado por un sectarismo partidista que está superando límites peligrosos, para lo que todavía queda en Venezuela de convivencia pacífica.

 

 

 

Quiere resumir en letra de bolero las intenciones del engendro que salió de sus entrañas. Se disfraza de Agustín Lara para encubrir una realidad pavorosa. Solo le falta el mariachi de Juan Gabriel para que todos compremos el disco, después de limpiarnos las lágrimas debido a una entrega tan amigable y fervorosa de los sujetos que ahora usurpan los escaños de la soberanía popular.

 

 

 

Pero el amor no existe sin requiebros, es decir, sin la debida conquista del amado. Hay que trabajar el idilio, convienen las serenatas al pie de la ventana y las citas en lugares amables. No nace de las imposiciones. “Yo soy tu amor porque me da la gana”, es letra de una balada que no cuadra en nuestros días, cuando al amado no solo le sobran los pretendientes sino también la posibilidad de escoger entre muchos galanes.

 

 

 

La prostituyente fue una imposición sin posibilidad de reclamo, el único afecto que el poderoso parece dispuesto a prodigar para camelar al pretendido. Por allí empiezan  las objeciones a la tierna melodía que ahora se canta en cadena nacional, sin considerar el hecho de que ni siquiera se juntan para escribir entre todos el poema del buen amor. Las estrofas vienen de arriba, para que los sumisos miembros del engendro se limiten a ejecutarlas sin variación después de levantar la mano.

 

 

 

¿Qué voces salen de los micrófonos de la asamblea espuria? ¿Notas amables? ¿Frases cadenciosas que invitan a los acercamientos cariñosos y a las cálidas caricias? ¿A un beso de piquito con la Fosforito? Todo lo contrario, lamentablemente, o quizá como era de esperarse de una galería de donjuanes cuyo estilo ha sido hasta ahora el más áspero y ponzoñoso del cual se tenga memoria.

 

 

 

La asamblea prostituyente ha trasformado la letra de los cantares de amor en un desfile de diatribas contra los adversarios. O, mucho peor, en una partitura de amenazas que han de tomarse en cuenta debido a que anuncian la posibilidad de que los supuestos amados paguen sus veleidades en la cárcel, o  sufran la pena del paredón.

 

 

 

Los discursos de la prostituyente no son como los boleros viejos, ni como esas dolidas letras de tango que, bañadas en lágrimas y con la navaja del suicidio en la mano, lamentaban la perfidia de la mujer amada, o el abandono del amante. Estamos ante amenazas de alto calibre, frente a anuncios terribles sobre la libertad de los ciudadanos, especialmente de los líderes políticos que buscan y hacen el amor a su manera libre de cadenas.

 

 

 

Porque hora, según los trovadores de Nicolás, no se traiciona el afecto o la entrega de una persona, sino a la patria propiamente dicha. El bolero convertido en consigna patriótica viene a ser, por lo tanto, uno de los signos más oscuros de los tiempos que corren. “El amor y el interés se fueron al campo un día…”.  Y lo encontraron expropiado.

 

 

Editorial de El Nacional

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