No me lo mate, no…

Nicolás Maduro ha afirmado que lo quieren matar. No presenta evidencias, como siempre, ni nada que permita creerle. Ya hemos perdido la cuenta de los anuncios de magnicidio que se quedan en las nebulosas, sin asesino ni autor intelectual, pero ahora vuelve a la fábula para llamar la atención sobre un supuesto estado de alarma que puede conducir a la tragedia de la desaparición de un jefe de Estado. Estamos ante boberías antiguas, no en balde las inició Chávez hasta que desapareció de muerte natural, y ahora se reedita. El tema requiere algunos comentarios.

 

 

 

El dictador debe mantener la idea de un clima de crispación alimentado por la oposición. No solo le conviene para pescar incautos en el río revuelto de las patrañas, para que alguien se conduela ante el pretendido riesgo, sino también para que manejen la versión en el extranjero. Mientras aumenta el rechazo del régimen fuera de nuestras fronteras, la versión de que puede ser objeto de un atentado mortal puede servir para que lo consideren como un mandatario acollarado por las fuerzas del mal. Como plan es algo completamente irrisorio, pero saca la carta para ver cómo cae en el tapete en el juego de su aprieto.

 

 

 

La idea es la de profundizar la versión de que existe una oposición cuya malignidad puede llegar al extremo de borrarlo del panorama por las malas. Es un asunto sin vínculos con la realidad, debido a que sabemos cómo los líderes opositores continúan el designio de mantenerse en el cauce de la legalidad y en el uso de herramientas democráticas para llegar a un tipo distinto de gobierno. El camino es el voto y el reclamo pacífico, ha sido una consigna mil veces repetida por la MUD, pero Maduro saca de su chistera la noticia de que puede ser víctima de asesinato.

 

 

 

Surge una última objeción frente a la endeble historia que proclama el dictador. Un magnicidio implica la existencia de una figura prominente que es retirada de la escena a través de medios violentos y sangrientos. Lo magno es grande, de estatura descomunal, de proporciones olímpicas. Para que ocurra un magnicidio falta un César asesinado en la entrada del Senado, para que se concrete la escena es obligatoria la inmolación de un hombre grande ante la estatua de Pompeyo Magno. O, aunque la comparación desentone, un Carlos Delgado Chalbaud que tiene parte del reconocimiento nacional y cae en la trampa de unos aventureros. No es el caso, bajo ningún respecto.

 

 

 

El dictador solo puede ser víctima de la risa, o de un comentario descarnado como el que se ha hecho, por estar de fabulador y de embustero. Nadie lo quiere matar porque no vale la pena. Nadie se quiere manchar las manos con un sujeto menor e insignificante. No está en la sensibilidad de los venezolanos un plan para que un mandón de poca monta repose en el cementerio. Claro que lo queremos despachar, tenemos inmensas ganas de borrarlo de la faz de la Tierra, pero a punta de votos, y eso no es magnicidio sino factura merecida y acto de reparación.

 

 

Editorial de El Nacional

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