Trump y nosotros

Ha bastado poco tiempo para que Trump nos acostumbre a sus estridencias. Un grito aquí y una pose allá se han vuelto cosas rutinarias en Estados Unidos, pero también en los países que no pueden negar, sin pasarse de tontos, la influencia de la Casa Blanca en situaciones alejadas de su territorio inmediato. Los republicanos y los demócratas saben cómo se bate el cobre de los negocios políticos, es decir, cómo es más la bulla que la cabuya  en el predicamento de un jefe deslenguado y egocéntrico, pero aquí tenemos ganas de tomarlo en serio. De allí la necesidad de los comentarios que se leerán a continuación.

 

 

 

Primero: estamos ante una nueva bravata en la que caemos como unos incautos. Cuando Trump asoma la posibilidad de una intervención militar en Venezuela, nos mete en el saco de sus intemperancias como para no dejar de aparecer en primera plana. Seguramente ha oído cosas de la dictadura que nos asfixia y de las carencias materiales que nos ahogan, pero quizá sin saber de veras lo que nos está sucediendo. Por consiguiente, no podemos pensar en que ya tiene decisiones tomadas e irreversibles para enviar una tropa marinera mañana por la mañana.

 

 

 

Segundo: se trata de una ligereza ante la cual se debe responder sin vacilación, con la firmeza propia de los habitantes de una comarca que se ha proclamado como república independiente desde 1811 y que se ha batido en buena lid para mantener su autonomía. Aun cuando estemos ante una declaración irresponsable, debemos rechazarla en forma inmediata y enfática.

 

 

 

Tercero: la declaración le viene como anillo al dedo a Maduro. El muchacho que llora y la mamá que lo pellizca. Las palabras del plutócrata convertido en inquilino de la oficina oval alimenta la retórica agotada del sujeto sin ideas que pernocta en Miraflores.

 

 

 

Ahora puede divulgar la imagen del gran garrote que ha formado parte de sus peroraciones sin sentido. Ahora pueden tener un poco de sentido, un poquito nada más,  porque la voz de un iracundo Tío Sam supuestamente dispuesto a meter en cintura a los “revolucionarios” le ofrece ingredientes para un menú capaz de mantener la atención de los comensales por unos días más.

 

 

 

Cuarto: pese a la trivialidad del amenazador, ciertamente se sigue con atención en Estados Unidos lo que pasa en Venezuela, según lo prueban las medidas tomadas por el Departamento del Tesoro contra numerosos burócratas de la dictadura que, hasta ahora con total impunidad, han violado derechos humanos y han cometido numerosas tropelías contra la sociedad. En consecuencia, los organismos fundamentales del gobierno estadounidense le pueden dar sustento a las palabras de un jefe que hasta ahora se ha hecho célebre por el tremendismo de sus apariciones públicas.

 

 

 

Quinto: los países latinoamericanos relacionados con la crisis venezolana han manifestado su desacuerdo con la amenaza de Trump. Ya pasó el tiempo del gran garrote y de las invasiones armadas, han declarado al unísono. Se trata de una conducta que no puede pasar inadvertida en el norte, ni entre los venezolanos.

 

 

Faltan otras consideraciones frente a las declaraciones de Trump, tal vez muchas más importantes, pero las que ahora se ofrecen pueden permitir una comprensión adecuada de lo que dijo.

 

 

 

Editorial de El Nacional

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