El fantasma de la división

Desde que el hombre saboreó, como se dice con incalificable cursilería, las mieles del poder, ha buscado diversas formas de garantizar su disfrute sin impedimentos. Y desde que recibimos las primeras lecciones de historia, supimos que una de las más antiguas estrategias para su conservación se resume en la máxima divide y vencerás.

 

 

Aunque de origen griego, fue un romano, Julio César, quien, en su diversas variantes latinas ­divide et vinces, divide ut imperes y divide ut regnes­, hizo uso práctico y continuado de lo que en teoría pareciera (ahora) verdad de Perogrullo, a fin de adelantar la expansión imperial de Roma.

 

 

Siglos después, otro ambicioso general con vocación de César, Napoleón Bonaparte, aplicó con éxito este principio hasta que el enemigo hizo suya su contrapartida: en la unión está la fuerza, frase que, por cierto, es heráldica insignia de algunas naciones latinoamericanas.

 

 

 

Las campañas del romano y el corso son objeto de estudio y caletre en las academias militares, de modo que, seguramente, un oficial superior las tendrá en mente al momento de actuar en un campo de batalla que le es ajeno: el de la política. De allí que las dictaduras militares se rijan básicamente por esa filosofía de sojuzgamiento probada con eficacia a lo largo de siglos.

 

 

¿Para qué inventar, pensarán Padrino y los integrantes del alto mando castrense, si esas tres palabras bastan y sobran para que el moni(bi)gote se mantenga en Miraflores y nosotros en la pomada? Por este proceder, mucha gente endilga el aforismo a Maquiavelo, como si el florentino fuese la encarnación del mal; y, en este sentido, el cronograma electoral anunciado para los comicios regionales pautados para diciembre tiene mucho de maquiavélico.

 

 

 

Como ya se sabe, las inscripciones de los aspirantes a gobernadores se realizarán entre el lunes y el viernes de la próxima semana. Ante tan apremiante requisitoria, las organizaciones coaligadas en la Mesa de la Unidad Democrática se han enzarzado en un rifirrafe sobre la conveniencia o no de participar en un torneo arbitrado por el ente que viene de validar un monumental fraude contra la República. Quizá dudar sea razonable.

 

 

 

Pero sería imperdonable no pelear por las gobernaciones en liza y ceder pasivamente esos espacios al oficialismo. A eso apuesta el cogollo rojo, mientras sugiere que la prostituyente se encargará de que los mandatarios regionales sean barridos por el poder comunal.

 

 

 

La encrucijada es difícil, mas de momento, no hay que pensarlo dos veces: se deben inscribir los candidatos. A pesar de los pruritos principistas de la guerrilla tuitera y feisbuquiana. De las descalificaciones lanzadas contra quienes se ajustan al deber ser y no al querer que sea así, pero de ninguna manera asao.

 

 

 

El dardo de la división ha sido arrojado con puntería castrista y la calculada intención de fracturar el consenso democrático opuesto a la arbitrariedad oficial. No es de extrañar que por ahí aparezcan Zapatero y su combo para poner más masa en la mazamorra. ¡Que no espante el fantasma de la división! Pisar ese peine sería una victoria de la dictadura. Quién sabe si definitiva.

 

Editorial de El Nacional

 

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