Catarata de desastres

Cuando Rusia se desplomó como Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, ante el asombro de la CIA y de los servicios secretos europeos, nadie podía suponer la magnitud del desorden social, económico y político que ocurriría en el transcurso de la transición desde el socialismo salvaje hasta el capitalismo igualmente salvaje que azotó al país comunista más importante del planeta.

 

 

 

Los peores males surgieron desde los sótanos de cada uno de los países que habían soportado estoicamente las patanerías y las torturas de una ocupación armada y, por ende, política de los ejércitos soviéticos y las redes policiales que habían implantado con la misma habilidad y paciencia como las arañas tejen sus trampas para atrapar insectos. Si cambiamos la palabra insecto por seres humanos quizás lleguemos a imaginar la prisión sin barrotes que levantaron los asaltantes del poder alrededor de la población atemorizada y hambrienta.

 

 

 

Como bien diría un escritor europeo, el socialismo no borra la guerra de clases, ni mucho menos las diferencias entre obreros y capitalistas, sino que borra la realidad de una manera tal que esta no puede existir ni menos aún en la clandestinidad. Al borrar la realidad se esconden todas las injusticias, la corrupción, las masacres, los fusilamientos y los exilios y las vidas cortadas, reducidas a pedazos que huyen hacia cualquier refugio.

 

 

 

La esencia de lo que nos ocurre hoy en Venezuela está en lo que afirmamos en las líneas anteriores. No hay pasado que nos indique que sí fuimos capaces de iniciar un país mejor; no hay reconocimientos, ni civiles ni militares, cada cual en su caso, de que construyeron las bases y la infraestructura que todavía mantienen en alto la ilusión de ese proyecto de país que ahora está hundido en el pantano. Enfoquemos la mirada hacia los años del siglo pasado y observemos cómo, odios aparte, entre dictadores y civiles demócratas se fue construyendo entre trancas y barrancas un país diferente y moderno.

 

 

 

Y ¿qué observamos hoy?, ¿qué se ha construido para beneficio de la sociedad y para los sectores populares y de clase media?, ¿de qué obra podemos sentirnos orgullosos? Entre otras cosas, lo único en que han sido hábiles es en apropiarse de sedes de bancos, de clínicas, de parques naturales, de expropiar La Carlota como pulmón de Caracas, de invadir terrenos y levantar ranchos insalubres en vez de pensar primero en la gente, en su derecho a una vivienda decente.

 

 

 

Hoy les parece de lo más natural montar una ofensiva ideológica, política y militar contra la Asamblea Nacional, despojarla de sus instalaciones que le fueron concedidas democráticamente por millones de votos ciudadanos. Tomemos en cuenta que los diputados elegidos el 6 de diciembre no entraron a saco, como si fueran los forajidos de Boves en la guerra cruel de la Independencia. Los demócratas llegaron allí por la mayoría aplastante de los votos populares, y eso es lo que le duele al oficialismo.

 

 

 

Inventan un artilugio bufo para recuperar lo que la soberanía popular no les concedió, les duele la derrota del 6 de diciembre y, de la manera más estúpida, inventan un triunfo que nacional e internacionalmente los coloca en el centro del ridículo mundial.

 

 Editorial de El Nacional

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