Un respaldo a la dictadura

En la mañana del 5 de julio, el ministro de la Defensa hizo una visita ritual ante el sarcófago del Libertador. Acompañado por el alto mando, hizo jaculatorias ante los restos del padre de la patria y luego, ya en las afueras del Panteón Nacional, tomó el micrófono para una breve arenga. La sociedad conmovida por la represión, en marcha la campaña ilegal y fraudulenta de Maduro para la convocatoria de una constituyente, se esperaba alguna palabra que pudiera ofrecer luces en torno a la grave situación. ¿No está, ese señor, al frente de los hombres armados a quienes corresponde el resguardo de la concordia y de la seguridad de todos?

 

 

El general solo se dedicó a hablar de independencia, es decir, de cómo Venezuela vivía ahora la etapa de una “segunda independencia” que las fuerzas armadas respaldaban sin vacilación. Habló del imperialismo, por supuesto, para no apartarse ni un milímetro del libreto chavista, y del resguardo de las riquezas de la nación al cual se dedicaban los herederos del Ejército Libertador para que no se las robaran las potencias extranjeras como hacían antes, es decir, cuando todavía el comandante eterno no se hacía cargo de la situación.

 

 

¿Por qué esta insistencia en los lugares comunes que no aguantan un  minuto de crítica? ¿Por qué la repetición de un discurso que fatiga por sus inconsistencias y sus trivialidades? ¿Por qué, en las puertas del Panteón, ese apego sin rubor a una sarta de necedades en las que nadie cree? Muy simple: el  general Padrino no encontró mejor manera de manifestar su incondicionalidad con la dictadura; o, más bien, se aferró a la única explicación que tenía a mano para tapar las atrocidades del régimen y para justificar la conducta de las fuerzas armadas ante los hechos espantosos que suceden en Venezuela.

 

 

Padrino no puede decir otras cosas, no puede hacer un discurso distinto, porque pondría en evidencia la complicidad de los cuarteles con uno de los regímenes más desastrosos de que se tenga memoria. Pero, mucho peor, no tiene mejor manera, o fórmula menos vergonzante, de comunicarnos su apoyo a Maduro y a sus lamentables burócratas.

 

 

Ni una sola palabra dedicó a la crisis de los últimos meses, como si no existiera. La decepción, el hambre y la ira de las multitudes no formaron parte de su arenga. Si tomó el micrófono en las afueras de un sagrado recinto, si quiso saludarnos durante el comienzo de la festividad patriótica más importante, algo pudo referir sobre las penurias de la sociedad, sobre las persecuciones que nos agobian como pueblo.

 

 

Prefirió hablar de imperialismo, de soberanía y de la planta insolente a punto de profanarnos otra vez, como si hubiera todavía gente capaz de creer en esas machacadas crónicas de villanos foráneos y víctimas domésticas a las que nos ha acostumbrado la retórica izquierdosa desde principios del siglo pasado, como si en realidad dijera algo serio; como si una fantasía manida pudiera todavía convencernos.

 

 

La salutación no solo importa porque acude de nuevo a las palabras vanas, al vacío propiamente dicho, sino especialmente porque es la única manera que ha encontrado para alinearse sin vacilación con las atrocidades de la dictadura.

 

 

Editorial de El Nacional

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