La dictadura y sus matones

La degradación moral de la revolución bolivariana y su cohabitación con el crimen organizado a escala internacional ha conducido a los partidarios civiles y militares de Maduro aceleradamente hacia  el abismo. Ya la dictadura carece hasta de elementales argumentos para controlar a sus criminalizados colectivos que, envilecidos por el uso y control que tienen sobre sectores populares a los cuales atemorizan con la exhibición de armamento de guerra, se apartan cada vez más de la ficción para la cual fueron creados, es decir, la defensa de la revolución.

 

 

Ahora se ocupan de sus prósperos negocios en la venta de alimentos, al cobro de vacunas a cambio de brindarles protección a comerciantes y, lo que es más grave, a servirle como matones al jefe de Miraflores. Tal como lo hemos venido observando en estos meses, a la violenta acción represiva de la Guardia Nacional y la Policía Bolivariana se han incorporado estos grupos paramilitares que, como ocurría en Chicago en los tiempos de Al Capone y su pandilla, se ocupan del trabajo sucio que rechazan hasta los mismos integrantes del Sebin, la GNB y la PNB.

 

 

Como pudimos observar ayer en la Asamblea Nacional, para asombro y vergüenza de los venezolanos y de la opinión pública mundial, estos matones a sueldo de Miraflores tuvieron el atrevimiento de asaltar la única sede de la democracia que nos queda. A la dictadura madurista todavía le dura el rencor y la rabia de haber sido rechazados por una mayoría de ciudadanos que expresaron claramente que no querían más el modelo civil y militar que arruinó el país, que lo llevó a la miseria y que sembró en nuestra patria la más despreciable cadena de corrupción de la historia de Venezuela.

 

 

El asalto al Palacio Legislativo no es un simple atropello, tampoco es una acción descabellada de un grupo de bandoleros. Es más grave que todo eso porque estuvo precedida por el vicepresidente El Aissami, mano derecha de Maduro que, actuando al margen de toda ley y sin que mediara razón alguna que justificara su presencia en la Asamblea Nacional, irrumpió en la sede de la Asamblea Nacional con la complicidad del comando de la Guardia Nacional que custodia este recinto democrático.

 

 

Además, tuvo el atrevimiento de incursionar como si fuera el dueño del lugar donde reposa el Acta de la Independencia de Venezuela, a sabiendas de que cometía un grave delito porque nadie le había autorizado a ello, empezando porque fue elegido vicepresidente a dedo por Maduro y su grupo, mientras que los diputados sí gozan de amplio respaldo popular.

 

 

Al cometer tal desafuero, sus colectivos o más bien sus paramilitares se sintieron en el derecho de seguir los pasos de su jefe y, como vulgares ladrones que incursionan en una vivienda particular, asaltaron la Asamblea Nacional con la finalidad de golpear a los diputados, dañar la sede y apropiarse de los bienes de la república que tuvieran a su alcance. Nada que nos extrañe porque esa ha sido la conducta del madurismo a lo largo de estos años: violencia, robo y destrucción.

 

 

Nada puede justificar esa conducta mafiosa auspiciada desde Miraflores y menos aún la complicidad de la Guardia Nacional Bolivariana, que debió impedir la entrada de tales pillos a la sede legislativa y no, como por desgracia hicieron, mirar hacia los lados como si nada ocurriera.

 

 

Editorial de El Nacional 

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